/ miércoles 21 de agosto de 2019

Aguas con el agua

El Muro


Atrapado en un dilema ante una comisión de legisladores norteamericanos, Harry Chandler, jerarca de la “Colorado River Land Company” se aventuró a lanzar una predicción: “Estoy tan seguro del abasto del agua del río, que no creo que el volumen del agua del Colorado que en algún futuro pueda necesitar Los Ángeles, nos causará escasez al sur de la línea”.

Chandler buscaba mostrarse patriota, pero a la vez defender sus intereses en Mexicali, pueblito al cual aspiraba convertirlo en un sitio próspero digno representante del “American way of life”: “Siempre he tenido una ambición: Trazar bulevares, subdividir la tierra, colonizarla y convertirla en una de las áreas más productivas del mundo”.

Si el agua del Colorado fue canalizada para cumplir el objetivo de transformar la agreste zona en un enorme campo agrícola, era sencillo suponer la confianza sobrada en su infinita presencia. Ningún profeta pudo imaginar la dependencia enfermiza despertada por un recurso en apariencia eterno.

Aunque el río ubica una buena parte de su cauce en los Estados Unidos, la fracción más trascendente está en México, hecho por el cual los ingenieros norteamericanos responsables de la canalización a finales del siglo XIX negociaron con el gobierno mexicano una vez terminada la obra. El primer acuerdo fue firmado en 1908, precedido de una serie de amenazas, incluida el planteamiento estadounidense de hacerse de las tierras mexicanas por donde el río atravesaba.

El acuerdo de 1944, predominante hasta la fecha, posee cláusulas más específicas en constante renovación. Pero los pueblos crecieron, la actividad agrícola quedó en segundo término y el agua comenzó a ser motivo de problemas porque de irrigar cultivos pasó a ser usada para regar plantitas de ornato, lavar calles, carros, producir alimentos chatarra, rellenar albercas o simplemente desperdiciarla. Del otro lado, el río surte de agua a 40 millones de personas en Wyoming, Arizona, Nuevo México, Colorado, Utah, Nevada, California, mientras en Baja California se beneficia una parte de la zona costa, además de todo el municipio de Mexicali.

Si bien en un principio los acuerdos binacionales sobre el agua estuvieron marcados por la defensa de la soberanía, en la actualidad el asunto es más complejo, sobre todo con los norteamericanos porque se trata de resolver conflictos internos antes de ir a negociar con la parte mexicana: El Estado de Colorado quiere hacer a un lado a California, mientras el Distrito de Irrigación del Valle Imperial (uno de los mayores beneficiarios) intenta bloquear todo tipo de acuerdos intra e internacionales hasta solucionar el tema del Salton Sea.

Las decisiones de ambos Gobiernos, incluida la de la minuta 323 (donde se reduce el servicio a Mexicali), son intentos desesperados por extender la vida de un recurso valioso, no tanto fastidiar al prójimo. El uso del agua tal como lo conocemos, terminará muy pronto.

El Muro


Atrapado en un dilema ante una comisión de legisladores norteamericanos, Harry Chandler, jerarca de la “Colorado River Land Company” se aventuró a lanzar una predicción: “Estoy tan seguro del abasto del agua del río, que no creo que el volumen del agua del Colorado que en algún futuro pueda necesitar Los Ángeles, nos causará escasez al sur de la línea”.

Chandler buscaba mostrarse patriota, pero a la vez defender sus intereses en Mexicali, pueblito al cual aspiraba convertirlo en un sitio próspero digno representante del “American way of life”: “Siempre he tenido una ambición: Trazar bulevares, subdividir la tierra, colonizarla y convertirla en una de las áreas más productivas del mundo”.

Si el agua del Colorado fue canalizada para cumplir el objetivo de transformar la agreste zona en un enorme campo agrícola, era sencillo suponer la confianza sobrada en su infinita presencia. Ningún profeta pudo imaginar la dependencia enfermiza despertada por un recurso en apariencia eterno.

Aunque el río ubica una buena parte de su cauce en los Estados Unidos, la fracción más trascendente está en México, hecho por el cual los ingenieros norteamericanos responsables de la canalización a finales del siglo XIX negociaron con el gobierno mexicano una vez terminada la obra. El primer acuerdo fue firmado en 1908, precedido de una serie de amenazas, incluida el planteamiento estadounidense de hacerse de las tierras mexicanas por donde el río atravesaba.

El acuerdo de 1944, predominante hasta la fecha, posee cláusulas más específicas en constante renovación. Pero los pueblos crecieron, la actividad agrícola quedó en segundo término y el agua comenzó a ser motivo de problemas porque de irrigar cultivos pasó a ser usada para regar plantitas de ornato, lavar calles, carros, producir alimentos chatarra, rellenar albercas o simplemente desperdiciarla. Del otro lado, el río surte de agua a 40 millones de personas en Wyoming, Arizona, Nuevo México, Colorado, Utah, Nevada, California, mientras en Baja California se beneficia una parte de la zona costa, además de todo el municipio de Mexicali.

Si bien en un principio los acuerdos binacionales sobre el agua estuvieron marcados por la defensa de la soberanía, en la actualidad el asunto es más complejo, sobre todo con los norteamericanos porque se trata de resolver conflictos internos antes de ir a negociar con la parte mexicana: El Estado de Colorado quiere hacer a un lado a California, mientras el Distrito de Irrigación del Valle Imperial (uno de los mayores beneficiarios) intenta bloquear todo tipo de acuerdos intra e internacionales hasta solucionar el tema del Salton Sea.

Las decisiones de ambos Gobiernos, incluida la de la minuta 323 (donde se reduce el servicio a Mexicali), son intentos desesperados por extender la vida de un recurso valioso, no tanto fastidiar al prójimo. El uso del agua tal como lo conocemos, terminará muy pronto.

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