/ sábado 5 de octubre de 2019

Ángeles en el callejón

Pensares


Una joven estudiante fue a visitar a unos amigos en la noche y se le hizo muy tarde, más de lo que había planeado y tuvo que caminar sola a su casa. No tenía miedo porque vivía en una ciudad pequeña y estaba a solo unas cuantas cuadras de sus amigos.

Cuando caminaba a su casa, oró a Dios que la mantuviera salvada de cualquier mal o peligro. Cuando llegó al callejón que le servía de atajo para llegar más pronto a su casa, decidió tomarlo. Sin embargo, cuando iba a la mitad notó a un hombre parado al final del callejón y se veía que estaba esperando por ella; se puso nerviosa y empezó a rezar por protección.

Al instante un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió; sintió como que alguien estuviera caminando con ella. Llegó al final del callejón y caminó justo enfrente del hombre, le dio un escalofrío al reparar que el hombre tenía una cicatriz en la mejilla izquierda y llegó bien a su casa.

Al día siguiente leyó en el periódico que una joven había sido violada en aquel mismo callejón unos 20 minutos después de que ella pasara por allí. Sintiéndose muy mal por esa tragedia y pensando que pudo pasarle a ella, comenzó a llorar dando gracias a Dios por haberla cuidado y le rogó que ayudara a la otra joven. Decidió ir a la Estación de Policía, pensó que podría reconocer al hombre y les contó la historia.

El policía le preguntó si estaría dispuesta a identificar al hombre que vio la noche anterior en el callejón. Ella accedió y sin dudar reconoció al hombre en cuestión. Cuando él supo que había sido identificado se rindió y confesó su crimen.

El policía le agradeció a la joven su valentía y le preguntó si había algo que pudieran hacer por ella y la joven le pidió que le preguntara al hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón. Cuando el policía le preguntó éste le contestó: Porque ella no estaba sola, había dos hombres altos caminando uno a cada lado de ella.

Pensares


Una joven estudiante fue a visitar a unos amigos en la noche y se le hizo muy tarde, más de lo que había planeado y tuvo que caminar sola a su casa. No tenía miedo porque vivía en una ciudad pequeña y estaba a solo unas cuantas cuadras de sus amigos.

Cuando caminaba a su casa, oró a Dios que la mantuviera salvada de cualquier mal o peligro. Cuando llegó al callejón que le servía de atajo para llegar más pronto a su casa, decidió tomarlo. Sin embargo, cuando iba a la mitad notó a un hombre parado al final del callejón y se veía que estaba esperando por ella; se puso nerviosa y empezó a rezar por protección.

Al instante un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió; sintió como que alguien estuviera caminando con ella. Llegó al final del callejón y caminó justo enfrente del hombre, le dio un escalofrío al reparar que el hombre tenía una cicatriz en la mejilla izquierda y llegó bien a su casa.

Al día siguiente leyó en el periódico que una joven había sido violada en aquel mismo callejón unos 20 minutos después de que ella pasara por allí. Sintiéndose muy mal por esa tragedia y pensando que pudo pasarle a ella, comenzó a llorar dando gracias a Dios por haberla cuidado y le rogó que ayudara a la otra joven. Decidió ir a la Estación de Policía, pensó que podría reconocer al hombre y les contó la historia.

El policía le preguntó si estaría dispuesta a identificar al hombre que vio la noche anterior en el callejón. Ella accedió y sin dudar reconoció al hombre en cuestión. Cuando él supo que había sido identificado se rindió y confesó su crimen.

El policía le agradeció a la joven su valentía y le preguntó si había algo que pudieran hacer por ella y la joven le pidió que le preguntara al hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón. Cuando el policía le preguntó éste le contestó: Porque ella no estaba sola, había dos hombres altos caminando uno a cada lado de ella.

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