/ miércoles 7 de noviembre de 2018

De la representatividad democrática

Vientos


Siempre he creído que las teorías se fundamentan –cuando su referencia es el ser humano- en la idealización del objeto referenciado y que eso es partir de un error.

El ser humano en su desarrollo no crea usted que abandona del todo su espíritu salvaje con el que nace y que lo individualiza y lo constriñe a su ser íntimo, a su yo inseparable que le conserva su egoísmo que es al mismo tiempo ese blindaje que lo hace atento –generalmente- a la conservación de la vida y por lo tanto, el ser él, el primero. Esto se muestra con más claridad en las actividades deportivas… o en las bélicas. El ser humano es y se le conserva con su educación, un ser competitivo que en los negocios suele ser muy cruel… y la política es un negocio, como las religiones.

Con el brevísimo “dedal” humanístico que abrimos, arribemos a la teoría democrática (gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo); pero que en el caso de ser “representativa”, la ilusión se agiganta.

De alguna manera el creador o creadores de esta ilusión político-filosófica, advirtieron su impotencia para lograr resumir a todos los ciudadanos de un colectivo humano equis, para tomar un acuerdo. “Las sociedades crecieron demográficamente” se dijeron e idearon la cesión de una parte del poder a una persona en representación de un grupo de ciudadanos determinado. En México se crearon las diputaciones de distrito, dos senadurías (originalmente) por entidad federativa y claro, otra ilusión: tales representantes acreditarían las esperanzas de los ciudadanos y los partidos se encargarían en las cámaras de exponer el pensamiento “lúcido” de las mayorías. Nunca tuvieron presentes las trampas partidarias y el interés de estas agrupaciones de intereses que votando por bancadas podrían pegar a los mejores intereses comunitarios o quizá globales. Y se pervirtió, así, la buena teoría democrática que descansa en imaginar que el hombre es “por naturaleza, bueno y honesto”.

La democracia “a la mexicana”, quizá más llena de subterfugios que en otras latitudes del mundo político, encontró en la representatividad un medio para escalar el poder político y los recursos económicos necesarios con los jugosos salarios y prestaciones y todo lo demás que viene con el “traje del monje”. Y más allá, los partidos de oportunidad que nacen para dar apoyos electorales y cobrar cuotas con chambas y limosnas de uno que otro puesto de elección popular. Para eso sirven las representaciones.

Pero se acabó el espacio. Ni modo, continuaré mañana si se me permite.


Vientos


Siempre he creído que las teorías se fundamentan –cuando su referencia es el ser humano- en la idealización del objeto referenciado y que eso es partir de un error.

El ser humano en su desarrollo no crea usted que abandona del todo su espíritu salvaje con el que nace y que lo individualiza y lo constriñe a su ser íntimo, a su yo inseparable que le conserva su egoísmo que es al mismo tiempo ese blindaje que lo hace atento –generalmente- a la conservación de la vida y por lo tanto, el ser él, el primero. Esto se muestra con más claridad en las actividades deportivas… o en las bélicas. El ser humano es y se le conserva con su educación, un ser competitivo que en los negocios suele ser muy cruel… y la política es un negocio, como las religiones.

Con el brevísimo “dedal” humanístico que abrimos, arribemos a la teoría democrática (gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo); pero que en el caso de ser “representativa”, la ilusión se agiganta.

De alguna manera el creador o creadores de esta ilusión político-filosófica, advirtieron su impotencia para lograr resumir a todos los ciudadanos de un colectivo humano equis, para tomar un acuerdo. “Las sociedades crecieron demográficamente” se dijeron e idearon la cesión de una parte del poder a una persona en representación de un grupo de ciudadanos determinado. En México se crearon las diputaciones de distrito, dos senadurías (originalmente) por entidad federativa y claro, otra ilusión: tales representantes acreditarían las esperanzas de los ciudadanos y los partidos se encargarían en las cámaras de exponer el pensamiento “lúcido” de las mayorías. Nunca tuvieron presentes las trampas partidarias y el interés de estas agrupaciones de intereses que votando por bancadas podrían pegar a los mejores intereses comunitarios o quizá globales. Y se pervirtió, así, la buena teoría democrática que descansa en imaginar que el hombre es “por naturaleza, bueno y honesto”.

La democracia “a la mexicana”, quizá más llena de subterfugios que en otras latitudes del mundo político, encontró en la representatividad un medio para escalar el poder político y los recursos económicos necesarios con los jugosos salarios y prestaciones y todo lo demás que viene con el “traje del monje”. Y más allá, los partidos de oportunidad que nacen para dar apoyos electorales y cobrar cuotas con chambas y limosnas de uno que otro puesto de elección popular. Para eso sirven las representaciones.

Pero se acabó el espacio. Ni modo, continuaré mañana si se me permite.


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