/ viernes 1 de noviembre de 2019

Día de Muertos: Del drama a la celebración…

Quo Vadis


Este viernes primero de noviembre Día de Muertos, millones de mexicanos estarán haciendo un “alto” en su devenir para recordar --a su manera-- el drama del asesinato o desaparición de seres queridos, mientras otros en la lógica de la tradición harán oraciones en soledad, en alguna iglesia o en los mismos panteones donde descansan los restos de quienes de todas las edades ya están en el descanso eterno.

Muchas formas y componentes para llorar esta celebración que data de tiempos inmemorables, más lejanos a la Conquista española y que dan a México y su pueblo una identidad propia, irrepetible y singular…tanto, que transitamos del llanto al canto, de postrarse de rodillas al baile y posiblemente del bonito recuerdo a la indeseable maldición abierta.

En lo particular he vivido con intensidad algunas tradiciones mexicanas como hacer ofrendas y construir altares, ni qué decir de pronunciadas oraciones y también largos recuerdos de seres queridos, tantos como los años e instantes de vida que tengo, pero llenos de intensidad y nutridos sensiblemente con la nostálgica esperanza de volverlos a ver o sentir en otra dimensión…la 3ª, 4ª o 5ª o como se llame, pero al fin “tenerlos” otra vez.

Pero no. Eso no será posible porque lo real, oculto o sagrado de los muertos y sus espíritus está en otro espacio, si es que está, mientras nosotros aquí, en lo terrenal, seguimos deambulando, trotando o como cantara José José: Rodando de acá para allá, siendo de todo y sin medida…

En ese contexto, en lo personal y con absoluta fe, claro, comparto que en este Día de Muertos paso del drama de la pérdida de la presencia de mis seres queridos y no pocas queridas amistades a la celebración por la posible y silenciosa convivencia con sus almas que liberadas en el paradisiaco infinito del Creador quizá…y tan solo quizá, en algún momento de mi vida, en vigilia o en sueño, están omnipresentes.

Misterios de la vida y también de la muerte que poco a poco hay que descubrir, cada uno en su tiempo y espacio, con imperturbables recuerdos que nos reafirman en el día a día y cada instante lo maravilloso de la vida que es dar no recibir…porque cuando recordamos a los que ya se fueron pensamos en sus bondades como también en lo que pudimos, pero no les pudimos o quisimos cumplir, más cuando se trata de la propia sangre…

Vaya pues en el Día de Muertos un recordatorio a nosotros mismos, a los que nos rodean aquí en casa, cerca o lejos para que si tienen con qué y cómo, no se les olvide ser agradecidos, que es más importante amar y no controlar; que tolerar y escuchar abre corazones antes de sumirse en la sinrazón de la soledad y autoaislamiento que desgasta vidas en vano solo para acumular riquezas y quehaceres que de nada sirven y cuentan cuando al lado de nuestra existencia se niega a quien puedes sonreír, apoyar, jugar, aconsejar, alimentar y…amar. ¿O no?

Quo Vadis


Este viernes primero de noviembre Día de Muertos, millones de mexicanos estarán haciendo un “alto” en su devenir para recordar --a su manera-- el drama del asesinato o desaparición de seres queridos, mientras otros en la lógica de la tradición harán oraciones en soledad, en alguna iglesia o en los mismos panteones donde descansan los restos de quienes de todas las edades ya están en el descanso eterno.

Muchas formas y componentes para llorar esta celebración que data de tiempos inmemorables, más lejanos a la Conquista española y que dan a México y su pueblo una identidad propia, irrepetible y singular…tanto, que transitamos del llanto al canto, de postrarse de rodillas al baile y posiblemente del bonito recuerdo a la indeseable maldición abierta.

En lo particular he vivido con intensidad algunas tradiciones mexicanas como hacer ofrendas y construir altares, ni qué decir de pronunciadas oraciones y también largos recuerdos de seres queridos, tantos como los años e instantes de vida que tengo, pero llenos de intensidad y nutridos sensiblemente con la nostálgica esperanza de volverlos a ver o sentir en otra dimensión…la 3ª, 4ª o 5ª o como se llame, pero al fin “tenerlos” otra vez.

Pero no. Eso no será posible porque lo real, oculto o sagrado de los muertos y sus espíritus está en otro espacio, si es que está, mientras nosotros aquí, en lo terrenal, seguimos deambulando, trotando o como cantara José José: Rodando de acá para allá, siendo de todo y sin medida…

En ese contexto, en lo personal y con absoluta fe, claro, comparto que en este Día de Muertos paso del drama de la pérdida de la presencia de mis seres queridos y no pocas queridas amistades a la celebración por la posible y silenciosa convivencia con sus almas que liberadas en el paradisiaco infinito del Creador quizá…y tan solo quizá, en algún momento de mi vida, en vigilia o en sueño, están omnipresentes.

Misterios de la vida y también de la muerte que poco a poco hay que descubrir, cada uno en su tiempo y espacio, con imperturbables recuerdos que nos reafirman en el día a día y cada instante lo maravilloso de la vida que es dar no recibir…porque cuando recordamos a los que ya se fueron pensamos en sus bondades como también en lo que pudimos, pero no les pudimos o quisimos cumplir, más cuando se trata de la propia sangre…

Vaya pues en el Día de Muertos un recordatorio a nosotros mismos, a los que nos rodean aquí en casa, cerca o lejos para que si tienen con qué y cómo, no se les olvide ser agradecidos, que es más importante amar y no controlar; que tolerar y escuchar abre corazones antes de sumirse en la sinrazón de la soledad y autoaislamiento que desgasta vidas en vano solo para acumular riquezas y quehaceres que de nada sirven y cuentan cuando al lado de nuestra existencia se niega a quien puedes sonreír, apoyar, jugar, aconsejar, alimentar y…amar. ¿O no?