/ viernes 7 de diciembre de 2018

El arte de prometer

Opinión


La ceremonia. El Palacio de San Lázaro revivió el Día del Presidente. Todos los ingredientes se conjugaron y se recrearon. Desfile de arribistas, abyectos, religiosos del poder, portadores del espinazo dúctil, neopriístas y todos los dialécticos oportunistas. Una sala casi repleta de personajes acríticos y dispuestos a lanzar porras al Tlatoani.

La palabra del señor disparaba aplausos y vítores. Quizá faltaron las matracas. Y ahí, una oposición blandengue y sin autoridad moral. Gritones insustanciales. Oradores de verbo anémico y monocorde. Una mesa directiva lacayuna y sumisa. Lista para rendirle cercana pleitesía al mesías que les concedía saludarlos.

Otra vez, como antes, los feligreses vestidos de traje ansiaban una mueca, una mirada, para sentirse cerca del cielo del poder. Infames.

El discurso de AMLO fue una síntesis de todos los discursos mitineros y callejeros. Las mismas promesas. Un Presidente que cree que puede trasladar la esperanza al ejercicio concreto del presupuesto y a las condiciones económicas internacionales. Un Presidente que lanza loas al añejo y remiso “desarrollo estabilizador”, que emite piropos para Ortiz Mena y habla del crecimiento económico de la época, pero “olvida” la asfixia antidemocrática que caracterizó esos tiempos. Recuerda con nostalgia a Adolfo López Mateos, sin mencionar que dicho personaje mandó asesinar a Rubén Jaramillo y a su familia, que reprimió a los médicos y a los ferrocarrileros, que persiguió a la oposición sin límite; le da amnesia hablar de Díaz Ordaz y sus fechorías, de Echeverría y sus desplantes locuaces; de López Portillo y sus fantasías económicas.

Son comprensibles sus alabanzas a sus ancestros, su priísmo encuentra hospedaje en un pasado ominoso y autoritario. Ese es el nuevo Presidente, envuelto en el celofán de la lucha contra la corrupción, aunque su gabinete está conformado por algunos personajes impresentables, representativos de la picaresca nacional.

2. El ungimiento celestial. Llenar el Zócalo de copal y esencias diversas fue la culminación de los ritos del presidencialismo unívoco y mágico. Ahí está la entrega a los poderes espirituales, ahí están miles de esperanzados ciudadanos que están en la tierra esperando los milagros de un orador repetitivo y esperanzador. Ahí los tiene a sus pies para que en dos horas les recete 100 promesas sin decirles cómo concretarlas. No importa, la esperanza ciega y no razona.

Ahora el Presidente se reúne a las 6:00 de la mañana para escuchar la bitácora del crimen. No soluciona nada, pero impacta a ilusos y da nota a la prensa superficial e intrascendente. Inicia la nueva aventura hacia el pasado.


Opinión


La ceremonia. El Palacio de San Lázaro revivió el Día del Presidente. Todos los ingredientes se conjugaron y se recrearon. Desfile de arribistas, abyectos, religiosos del poder, portadores del espinazo dúctil, neopriístas y todos los dialécticos oportunistas. Una sala casi repleta de personajes acríticos y dispuestos a lanzar porras al Tlatoani.

La palabra del señor disparaba aplausos y vítores. Quizá faltaron las matracas. Y ahí, una oposición blandengue y sin autoridad moral. Gritones insustanciales. Oradores de verbo anémico y monocorde. Una mesa directiva lacayuna y sumisa. Lista para rendirle cercana pleitesía al mesías que les concedía saludarlos.

Otra vez, como antes, los feligreses vestidos de traje ansiaban una mueca, una mirada, para sentirse cerca del cielo del poder. Infames.

El discurso de AMLO fue una síntesis de todos los discursos mitineros y callejeros. Las mismas promesas. Un Presidente que cree que puede trasladar la esperanza al ejercicio concreto del presupuesto y a las condiciones económicas internacionales. Un Presidente que lanza loas al añejo y remiso “desarrollo estabilizador”, que emite piropos para Ortiz Mena y habla del crecimiento económico de la época, pero “olvida” la asfixia antidemocrática que caracterizó esos tiempos. Recuerda con nostalgia a Adolfo López Mateos, sin mencionar que dicho personaje mandó asesinar a Rubén Jaramillo y a su familia, que reprimió a los médicos y a los ferrocarrileros, que persiguió a la oposición sin límite; le da amnesia hablar de Díaz Ordaz y sus fechorías, de Echeverría y sus desplantes locuaces; de López Portillo y sus fantasías económicas.

Son comprensibles sus alabanzas a sus ancestros, su priísmo encuentra hospedaje en un pasado ominoso y autoritario. Ese es el nuevo Presidente, envuelto en el celofán de la lucha contra la corrupción, aunque su gabinete está conformado por algunos personajes impresentables, representativos de la picaresca nacional.

2. El ungimiento celestial. Llenar el Zócalo de copal y esencias diversas fue la culminación de los ritos del presidencialismo unívoco y mágico. Ahí está la entrega a los poderes espirituales, ahí están miles de esperanzados ciudadanos que están en la tierra esperando los milagros de un orador repetitivo y esperanzador. Ahí los tiene a sus pies para que en dos horas les recete 100 promesas sin decirles cómo concretarlas. No importa, la esperanza ciega y no razona.

Ahora el Presidente se reúne a las 6:00 de la mañana para escuchar la bitácora del crimen. No soluciona nada, pero impacta a ilusos y da nota a la prensa superficial e intrascendente. Inicia la nueva aventura hacia el pasado.