/ martes 21 de septiembre de 2021

El caminito por las sombras

CRUZANDO LÍNEAS

Germán* cruzó el desierto de Arizona cinco veces. En ninguna lo pillaron las autoridades. Las primeras veces contrató a un “coyote” y las últimas dos se aventuró sin guía “porque ya se sabía el caminito”. Llegaba primero a Phoenix y después a Flagstaff. Trabajaba duro. Tenía su troka y su crew de construcción. Se había comprado una casa grande y hacía carnes asadas casi todos los fines de semana. Pero se le acabó todo. Una borrachera se lo quitó.

La última deportación de Germán fue por conducir en estado de ebriedad. Iba intoxicado y no era la primera vez. Se había zafado -su esposa dice que por milagro- de las autoridades de Inmigración. Un poco de tiempo encerrado, una multa y servicio comunitario eran suficientes. Tiene dos años en Nogales, Sonora y piensa irse a vivir a Puerto Peñasco. No quiere volver a intentarlo. “Está muy difícil”, piensa.

FOTO ILUSTRATIVA

La familia de Germán ya “arregló” sus papeles. Sus hijos son nacidos en Estados Unidos y cuando cumplieron la mayoría de edad pidieron a su esposa; ahora todos son ciudadanos, menos él. Germán nunca pudo siquiera empezar un trámite por su historial: Dos DUI (conducción punible), un reporte de violencia doméstica y tres deportaciones. Las ganas de volverse a cruzar se le quitaron al pensar el tiempo que tendría que pasar de nuevo en la cárcel después de reentrar al país de manera ilegal. Además le tiene miedo al narco. No quiere echarse algo al hombro. “Ya no estoy para esos trotes”, dice.

El sonorense de 52 años es una estadística más en Estados Unidos de migrantes deportados que vuelven a cruzar para retomar su “sueño americano”. Cada mes son cientos los que llegan por lo oculto después de haber sido removidos del país. Ni la pandemia ni el muro ni las autoridades los paran… a veces lo único que los detiene es el miedo al crimen organizado.

Tan solo en agosto la Procuraduría Federal de Estados Unidos en Arizona acusó a 212 migrantes por reentrar al país sin autorización. De acuerdo con los documentos oficiales, el 80% de esos inmigrantes indocumentados que tienen cargos por el reingreso ilegal tienen también un récord criminal en este país; es decir, 180 de los detenidos. Los crímenes en su historial son, en su mayoría, casos relacionados con drogas, por conducir en estado de ebriedad; después le sigue la violencia doméstica y delitos sexuales y, los que menos, por homicidio. De esos mismos 180 migrantes con antecedentes penales, 125 han sido deportados tres o más veces. Germán entraría en esta categoría. Esta es otra de las caras de la migración que no vemos cuando estamos buscándole el rostro solo a la política.

La estancia sin documentación es un delito menor en los Estados Unidos; es decir, ser indocumentado no es un crimen. Sin embargo, la reentrada no autorizada tras una deportación aumenta la gravedad de los cargos. Pero son los migrantes que burlan una y otra vez la frontera los que desnudan su vulnerabilidad. No son los que llegan a pedir asilo a los puertos de entrada ni los que se entregan en el desierto, sino los que ya se saben el caminito.

*El nombre no es real, se cambió para respetar la privacidad del entrevistado.

CRUZANDO LÍNEAS

Germán* cruzó el desierto de Arizona cinco veces. En ninguna lo pillaron las autoridades. Las primeras veces contrató a un “coyote” y las últimas dos se aventuró sin guía “porque ya se sabía el caminito”. Llegaba primero a Phoenix y después a Flagstaff. Trabajaba duro. Tenía su troka y su crew de construcción. Se había comprado una casa grande y hacía carnes asadas casi todos los fines de semana. Pero se le acabó todo. Una borrachera se lo quitó.

La última deportación de Germán fue por conducir en estado de ebriedad. Iba intoxicado y no era la primera vez. Se había zafado -su esposa dice que por milagro- de las autoridades de Inmigración. Un poco de tiempo encerrado, una multa y servicio comunitario eran suficientes. Tiene dos años en Nogales, Sonora y piensa irse a vivir a Puerto Peñasco. No quiere volver a intentarlo. “Está muy difícil”, piensa.

FOTO ILUSTRATIVA

La familia de Germán ya “arregló” sus papeles. Sus hijos son nacidos en Estados Unidos y cuando cumplieron la mayoría de edad pidieron a su esposa; ahora todos son ciudadanos, menos él. Germán nunca pudo siquiera empezar un trámite por su historial: Dos DUI (conducción punible), un reporte de violencia doméstica y tres deportaciones. Las ganas de volverse a cruzar se le quitaron al pensar el tiempo que tendría que pasar de nuevo en la cárcel después de reentrar al país de manera ilegal. Además le tiene miedo al narco. No quiere echarse algo al hombro. “Ya no estoy para esos trotes”, dice.

El sonorense de 52 años es una estadística más en Estados Unidos de migrantes deportados que vuelven a cruzar para retomar su “sueño americano”. Cada mes son cientos los que llegan por lo oculto después de haber sido removidos del país. Ni la pandemia ni el muro ni las autoridades los paran… a veces lo único que los detiene es el miedo al crimen organizado.

Tan solo en agosto la Procuraduría Federal de Estados Unidos en Arizona acusó a 212 migrantes por reentrar al país sin autorización. De acuerdo con los documentos oficiales, el 80% de esos inmigrantes indocumentados que tienen cargos por el reingreso ilegal tienen también un récord criminal en este país; es decir, 180 de los detenidos. Los crímenes en su historial son, en su mayoría, casos relacionados con drogas, por conducir en estado de ebriedad; después le sigue la violencia doméstica y delitos sexuales y, los que menos, por homicidio. De esos mismos 180 migrantes con antecedentes penales, 125 han sido deportados tres o más veces. Germán entraría en esta categoría. Esta es otra de las caras de la migración que no vemos cuando estamos buscándole el rostro solo a la política.

La estancia sin documentación es un delito menor en los Estados Unidos; es decir, ser indocumentado no es un crimen. Sin embargo, la reentrada no autorizada tras una deportación aumenta la gravedad de los cargos. Pero son los migrantes que burlan una y otra vez la frontera los que desnudan su vulnerabilidad. No son los que llegan a pedir asilo a los puertos de entrada ni los que se entregan en el desierto, sino los que ya se saben el caminito.

*El nombre no es real, se cambió para respetar la privacidad del entrevistado.