/ jueves 16 de enero de 2020

En busca de culpables

Cuchillito de Palo


Le tocó a Torreón ocupar las primeras planas de los periódicos: La tragedia ocurrida en el Instituto Cervantes conmovió a la República, a la vez que prendió los focos rojos sobre un tema en el abandono.

El que un menor de 11 años le disparara en plena escuela a su maestra –a la que mató-, a cinco niños y al profesor de gimnasia –hiriéndolos-, sacudió conciencias y de momento obligó a la reflexión. Se comentó de todo y por todos: Desde los especialistas hasta opinadores sin fundamento que soltaron barbaridad y media. En busca de culpables salió a relucir Felipe Calderón, “porque el niño nació en plena guerra contra las drogas”. A los estultos que dijeron semejante estupidez, más les valía recuperar el raciocinio y dejarse de ser lamebotas del régimen.

No estamos acostumbrados a ver hechos de esta naturaleza que en el vecino país del Norte suceden cada dos por tres. Allá se responsabiliza a la cantidad de armas en los hogares gringos y a la facilidad para adquirirlas. Aquí, a pesar de que crece la posesión de armas, no hemos llegado a estos números fatídicos, pero sí aumenta de manera constante el número de menores infractores de la ley, a los que se identifica por un comportamiento igual o más violento, que el de los adultos que los apadrinan.

Desde el caso de Monterrey, en el 2017, no se sabía de una tragedia similar. La práctica común en los planteles mexicanos es el bullying, al que se enfrentan millones de niños y adolescentes, sin que se logre detener. Como con el resto de problemas que nos aquejan, de pronto vuelve a sube a la escena, se discute, se plantean políticas públicas, pero a la vuelta de la esquina van a dar al baúl de los olvidos.

La realidad es que los niños de este territorio están en el abandono de gobiernos que van y vienen, sin un compromiso con quienes más debieran tenerlo. En esta administración no se escucha una palabra y, por el contrario, se desaparecieron las estancias infantiles, primer peldaño para la formación y cuidado de los menores hijos de madres trabajadoras.

El DIF, que en su momento apoyó las causas de la niñez, ha ido a la baja en su rendimiento y ni quién sepa si continúa vigente.

En el año de cambios resultan invisibles los que aún no pueden votar y sólo se les trata como moneda de cambio para beneficiar a los padres con dádivas, insuficientes para otorgarles la protección debida.
Unos amigos vivieron la peor de las tragedias. El hijo de 18 años, dechado de perfección, se suicidó abriéndose la yugular con un bolígrafo. Así se enteraron de que tenía una depresión profunda que jamás tuvo síntomas. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la depresión tiene carácter de epidemia y puede llevar al suicidio o a situaciones como la de Torreón.

Además del cuidado de los padres, de la urgencia de valores morales, de la necesidad de abatir la violencia, hacen falta políticas públicas a favor de los derechos de los menores. Basta de demagogia y de comprar voluntades con “ayudas”.

Cuchillito de Palo


Le tocó a Torreón ocupar las primeras planas de los periódicos: La tragedia ocurrida en el Instituto Cervantes conmovió a la República, a la vez que prendió los focos rojos sobre un tema en el abandono.

El que un menor de 11 años le disparara en plena escuela a su maestra –a la que mató-, a cinco niños y al profesor de gimnasia –hiriéndolos-, sacudió conciencias y de momento obligó a la reflexión. Se comentó de todo y por todos: Desde los especialistas hasta opinadores sin fundamento que soltaron barbaridad y media. En busca de culpables salió a relucir Felipe Calderón, “porque el niño nació en plena guerra contra las drogas”. A los estultos que dijeron semejante estupidez, más les valía recuperar el raciocinio y dejarse de ser lamebotas del régimen.

No estamos acostumbrados a ver hechos de esta naturaleza que en el vecino país del Norte suceden cada dos por tres. Allá se responsabiliza a la cantidad de armas en los hogares gringos y a la facilidad para adquirirlas. Aquí, a pesar de que crece la posesión de armas, no hemos llegado a estos números fatídicos, pero sí aumenta de manera constante el número de menores infractores de la ley, a los que se identifica por un comportamiento igual o más violento, que el de los adultos que los apadrinan.

Desde el caso de Monterrey, en el 2017, no se sabía de una tragedia similar. La práctica común en los planteles mexicanos es el bullying, al que se enfrentan millones de niños y adolescentes, sin que se logre detener. Como con el resto de problemas que nos aquejan, de pronto vuelve a sube a la escena, se discute, se plantean políticas públicas, pero a la vuelta de la esquina van a dar al baúl de los olvidos.

La realidad es que los niños de este territorio están en el abandono de gobiernos que van y vienen, sin un compromiso con quienes más debieran tenerlo. En esta administración no se escucha una palabra y, por el contrario, se desaparecieron las estancias infantiles, primer peldaño para la formación y cuidado de los menores hijos de madres trabajadoras.

El DIF, que en su momento apoyó las causas de la niñez, ha ido a la baja en su rendimiento y ni quién sepa si continúa vigente.

En el año de cambios resultan invisibles los que aún no pueden votar y sólo se les trata como moneda de cambio para beneficiar a los padres con dádivas, insuficientes para otorgarles la protección debida.
Unos amigos vivieron la peor de las tragedias. El hijo de 18 años, dechado de perfección, se suicidó abriéndose la yugular con un bolígrafo. Así se enteraron de que tenía una depresión profunda que jamás tuvo síntomas. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la depresión tiene carácter de epidemia y puede llevar al suicidio o a situaciones como la de Torreón.

Además del cuidado de los padres, de la urgencia de valores morales, de la necesidad de abatir la violencia, hacen falta políticas públicas a favor de los derechos de los menores. Basta de demagogia y de comprar voluntades con “ayudas”.