/ miércoles 20 de octubre de 2021

Gobernante bueno o malo

EL MURO

Ni la antipatía ni la simpatía deberían ser elementos para determinar la capacidad de un gobernante, quizá la empatía sí.

Un acto déspota, una sonrisa o un apapacho gubernamental, son motivo suficiente para desbalancear cualquier análisis en cualquier persona, incluso un profesional de la ciencia política. La soberbia del político puede sesgar hacia el lado negativo todo lo analizado como bueno; al contrario, una consideración, un detalle en forma de, digamos, una invitación a comer, puede borrar en un analista, la atrocidad de los actos oficiales.

Por eso es recomendable para un periodista o académico, evitar mantener relaciones amistosas con la gente del poder, de entrada porque en ese caso, una amistad verdadera es algo ilusorio y de ocurrir, en una relación de ese tipo, el más débil financiera o emocionalmente, es quien suele terminar lastimado, traicionado, dolido y peligrosamente resentido.

El camino para analizar lo menos subjetivo posible el desempeño de alguien poderoso, es complicado, lleno de retos, pero bien estimulante. En una campaña de elección política, la apariencia, las formas cuentan mucho, pero una vez en el poder nada de eso debería interferir en la revisión de los actos, el fondo es lo valioso.


Foto: Archivo


Un gobernante malhumorado puede llevar por buen camino su administración; alguien simpático puede utilizar ese recurso dado por la naturaleza para ocultar su incapacidad operativa o viceversa. Estamos hechos bola porque no contamos con un recurso, una herramienta diseñada para determinar si alguien es bueno o malo en su chamba. Las apariencias tienden a engañar.

Jenny M. Lewis en “The politics and consequences of performance measurement” analiza el camino tomado por la revisión del desempeño gubernamental, algo fortalecido a partir de los años 70 del siglo pasado. Sin embargo la tradición del análisis evita meterse con el político y sus actos, le rodea, acudiendo a todo lo hecho a su alrededor por sus colaboradores y ese no es el caso.

Cualquier herramienta analítica no debería tomar en cuenta las promesas de campaña contrastadas con lo hecho durante el período, porque la experiencia nos ha mostrado lo sencillo de ajustar los hechos para un político. Sí debería partir de algo más general, algo como ¿tiene claro el político a dónde nos quiere llevar? ¿Sus propuestas son empáticas, realistas, sensatas? ¿Están acordes al destino propuesto? ¿Sus producciones diarias, me acercan a la tierra prometida? ¿Es constante o improvisa con frecuencia? ¿Sabe hacer ajustes? ¿Respeta sus planes? Así podría ser un buen comienzo para establecer un modelo de medición del rendimiento de un gobernador o un alcalde.

EL MURO

Ni la antipatía ni la simpatía deberían ser elementos para determinar la capacidad de un gobernante, quizá la empatía sí.

Un acto déspota, una sonrisa o un apapacho gubernamental, son motivo suficiente para desbalancear cualquier análisis en cualquier persona, incluso un profesional de la ciencia política. La soberbia del político puede sesgar hacia el lado negativo todo lo analizado como bueno; al contrario, una consideración, un detalle en forma de, digamos, una invitación a comer, puede borrar en un analista, la atrocidad de los actos oficiales.

Por eso es recomendable para un periodista o académico, evitar mantener relaciones amistosas con la gente del poder, de entrada porque en ese caso, una amistad verdadera es algo ilusorio y de ocurrir, en una relación de ese tipo, el más débil financiera o emocionalmente, es quien suele terminar lastimado, traicionado, dolido y peligrosamente resentido.

El camino para analizar lo menos subjetivo posible el desempeño de alguien poderoso, es complicado, lleno de retos, pero bien estimulante. En una campaña de elección política, la apariencia, las formas cuentan mucho, pero una vez en el poder nada de eso debería interferir en la revisión de los actos, el fondo es lo valioso.


Foto: Archivo


Un gobernante malhumorado puede llevar por buen camino su administración; alguien simpático puede utilizar ese recurso dado por la naturaleza para ocultar su incapacidad operativa o viceversa. Estamos hechos bola porque no contamos con un recurso, una herramienta diseñada para determinar si alguien es bueno o malo en su chamba. Las apariencias tienden a engañar.

Jenny M. Lewis en “The politics and consequences of performance measurement” analiza el camino tomado por la revisión del desempeño gubernamental, algo fortalecido a partir de los años 70 del siglo pasado. Sin embargo la tradición del análisis evita meterse con el político y sus actos, le rodea, acudiendo a todo lo hecho a su alrededor por sus colaboradores y ese no es el caso.

Cualquier herramienta analítica no debería tomar en cuenta las promesas de campaña contrastadas con lo hecho durante el período, porque la experiencia nos ha mostrado lo sencillo de ajustar los hechos para un político. Sí debería partir de algo más general, algo como ¿tiene claro el político a dónde nos quiere llevar? ¿Sus propuestas son empáticas, realistas, sensatas? ¿Están acordes al destino propuesto? ¿Sus producciones diarias, me acercan a la tierra prometida? ¿Es constante o improvisa con frecuencia? ¿Sabe hacer ajustes? ¿Respeta sus planes? Así podría ser un buen comienzo para establecer un modelo de medición del rendimiento de un gobernador o un alcalde.

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