/ jueves 13 de septiembre de 2018

La amnesia del poder

La realidad es superior a los deseos. A unos meses de que AMLO asuma la Presidencia de la República, ya contamos con algunos trazos dignos de ser tomados en cuenta para poder definir el rumbo que tomará el próximo gobierno.

Si bien es cierto que el elemento central para evaluar con precisión el inminente mandato del tabasqueño será el Plan Nacional de Desarrollo, hasta el momento hemos recibido señales confusas y preocupantes en las propuestas de nombramientos de personajes que poco o nada tienen que ver con la robusta y reiterada “cuarta transformación”.

El aire fresco y oxigenante que nos prometió el enjundioso López Obrador ha resultado una atmósfera contaminada si nos atenemos al perfil de quienes han sido ungidos como futuros Secretarios de Estado y miembros del gabinete ampliado. Estamos frente a personajes que fueron integrantes de grupos y subgrupos de la polisémica “mafia del poder”. De igual manera, se han insertado nombres con un bajo nivel profesional y con experiencia dudosa en sus tareas futuras.

Son de llamar la atención algunos puestos clave que corroboran nuestras afirmaciones. Veamos algunos ejemplos: Proponer a Olga Sánchez Cordero en Gobernación sin ninguna experiencia para abordar la multiplicidad de tareas de una Secretaría del Interior, es una apuesta a la inestabilidad política; asignarle a Alfonso Durazo la compleja responsabilidad de articular una política de seguridad en un país destrozado por la criminalidad sin contar con el perfil teórico ni práctico en ese rubro, significa un salto al vacío y nombrar a Octavio Romero como director de Pemex sin trayectoria alguna en ese campo y cuya única justificación es ser amigo incondicional de AMLO, ratifica la reedición de los códigos priístas para distribuir el poder.

2. Bandazos. Aunado a lo anterior, el dueño de Morena ha venido desvaneciendo cada una de sus propuestas callejeras. El Ejército no regresa a los cuarteles, lejos de ello ha sido “reconvertido” para tareas de seguridad pública.

La reforma energética no será cancelada y continuarán los contratos con empresas privadas; la educativa no se eliminará, únicamente se reformará; el nuevo aeropuerto se está negociando con los empresarios, encubriéndose con una supuesta consulta ciudadana; el próximo fiscal general saldrá de las preferencias de AMLO, con lo cual se cubre la espalda y garantiza impunidad.

Las arengas se han desmantelado, el modelo de dominación tendrá nuevo maquillaje, pero quedará intacto. Lo que viene no es nada gratificante para las mayorías a las que prometió defender.


La realidad es superior a los deseos. A unos meses de que AMLO asuma la Presidencia de la República, ya contamos con algunos trazos dignos de ser tomados en cuenta para poder definir el rumbo que tomará el próximo gobierno.

Si bien es cierto que el elemento central para evaluar con precisión el inminente mandato del tabasqueño será el Plan Nacional de Desarrollo, hasta el momento hemos recibido señales confusas y preocupantes en las propuestas de nombramientos de personajes que poco o nada tienen que ver con la robusta y reiterada “cuarta transformación”.

El aire fresco y oxigenante que nos prometió el enjundioso López Obrador ha resultado una atmósfera contaminada si nos atenemos al perfil de quienes han sido ungidos como futuros Secretarios de Estado y miembros del gabinete ampliado. Estamos frente a personajes que fueron integrantes de grupos y subgrupos de la polisémica “mafia del poder”. De igual manera, se han insertado nombres con un bajo nivel profesional y con experiencia dudosa en sus tareas futuras.

Son de llamar la atención algunos puestos clave que corroboran nuestras afirmaciones. Veamos algunos ejemplos: Proponer a Olga Sánchez Cordero en Gobernación sin ninguna experiencia para abordar la multiplicidad de tareas de una Secretaría del Interior, es una apuesta a la inestabilidad política; asignarle a Alfonso Durazo la compleja responsabilidad de articular una política de seguridad en un país destrozado por la criminalidad sin contar con el perfil teórico ni práctico en ese rubro, significa un salto al vacío y nombrar a Octavio Romero como director de Pemex sin trayectoria alguna en ese campo y cuya única justificación es ser amigo incondicional de AMLO, ratifica la reedición de los códigos priístas para distribuir el poder.

2. Bandazos. Aunado a lo anterior, el dueño de Morena ha venido desvaneciendo cada una de sus propuestas callejeras. El Ejército no regresa a los cuarteles, lejos de ello ha sido “reconvertido” para tareas de seguridad pública.

La reforma energética no será cancelada y continuarán los contratos con empresas privadas; la educativa no se eliminará, únicamente se reformará; el nuevo aeropuerto se está negociando con los empresarios, encubriéndose con una supuesta consulta ciudadana; el próximo fiscal general saldrá de las preferencias de AMLO, con lo cual se cubre la espalda y garantiza impunidad.

Las arengas se han desmantelado, el modelo de dominación tendrá nuevo maquillaje, pero quedará intacto. Lo que viene no es nada gratificante para las mayorías a las que prometió defender.