/ sábado 7 de diciembre de 2019

La rosa

Pensares


Durante su estadía en la ciudad de París, el poeta alemán Reinero María Rilke pasaba todos los días por un lugar donde se hallaba una mendiga. Ella estaba sentada a espaldas de un muro de una propiedad privada, en silencio, aparentemente sin interés en aquello que solía ocurrir a su alrededor.

Cuando alguien se acercaba y depositaba en sus manos una moneda, rápidamente con un ademán furtivo guardaba ese tesoro en el bolsillo de su desgarbado abrigo; no daba nunca las gracias y nunca levantaba la vista para saber quién fue el donante. Así estaba día tras día, echada a espaldas contra aquella pared.

Un día el poeta pasó con un amigo y se paró frente a la mendiga, sacó una rosa que había traído y la depositó en su mano. Aquí pasó lo que nunca había ocurrido: La mujer levantó su mirada, agarró la mano de su benefactor y sin soltarla la cubrió de besos. Enseguida se levanta, guarda la rosa entre sus manos y lentamente se aleja del lugar.

Al día siguiente no se encontraba la mujer en su lugar habitual y tampoco durante el día siguiente y el subsecuente y así durante toda una semana. Con asombro, el amigo le consulta al poeta acerca del resultado tan angustiante de su dádiva.

El poeta le dice:

-Se debe regalar a su corazón, no a su mano.

Tampoco se aguantó el amigo la otra pregunta acerca de cómo haya vivido la mendiga durante estos días, ya que nadie ha depositado ninguna moneda en su mano.

El poeta le contestó: -“De la rosa”.

Pensares


Durante su estadía en la ciudad de París, el poeta alemán Reinero María Rilke pasaba todos los días por un lugar donde se hallaba una mendiga. Ella estaba sentada a espaldas de un muro de una propiedad privada, en silencio, aparentemente sin interés en aquello que solía ocurrir a su alrededor.

Cuando alguien se acercaba y depositaba en sus manos una moneda, rápidamente con un ademán furtivo guardaba ese tesoro en el bolsillo de su desgarbado abrigo; no daba nunca las gracias y nunca levantaba la vista para saber quién fue el donante. Así estaba día tras día, echada a espaldas contra aquella pared.

Un día el poeta pasó con un amigo y se paró frente a la mendiga, sacó una rosa que había traído y la depositó en su mano. Aquí pasó lo que nunca había ocurrido: La mujer levantó su mirada, agarró la mano de su benefactor y sin soltarla la cubrió de besos. Enseguida se levanta, guarda la rosa entre sus manos y lentamente se aleja del lugar.

Al día siguiente no se encontraba la mujer en su lugar habitual y tampoco durante el día siguiente y el subsecuente y así durante toda una semana. Con asombro, el amigo le consulta al poeta acerca del resultado tan angustiante de su dádiva.

El poeta le dice:

-Se debe regalar a su corazón, no a su mano.

Tampoco se aguantó el amigo la otra pregunta acerca de cómo haya vivido la mendiga durante estos días, ya que nadie ha depositado ninguna moneda en su mano.

El poeta le contestó: -“De la rosa”.

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