/ sábado 24 de octubre de 2020

Los ancianos

PENSARES

Dos ancianos con 40 años de convivencia fecunda y fiel, se conocían lo suficiente como para darse todavía la sorpresa de un malentendido.

Era justo lo que había pasado esa mañana. Él era un hombre jovial y bastante espontáneo, impetuoso en sus reacciones; solía irse de boca cuando decía sus verdades. La esposa en cambio era más paciente, pero también de reacciones más lentas, por eso ese cruce de palabras que la habían ofendido la llevó a su respuesta habitual el silencio.

El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están obligadas a una convivencia muy cercana, sobre todo cuando no existe la posibilidad de escapar a través del grupo y estos dos ancianos pasaban gran parte de la semana solos porque sus tres hijos casados no vivían en el mismo pueblo y los encuentros solían darse solo los fines de semana y esto sucedía en día miércoles.

La discusión se había dado en horas de la mañana. Para la hora del almuerzo se comió en silencio; el televisor llenó un poco el vacío sin solucionar el problema; el té de la tarde los vio reunirse dentro del mismo clima y llegada la cena continuaban en el mutismo por parte de la esposa. Al anciano ya se le había pasado totalmente el mal rato y quería que le sucediera lo mismo a su señora, pero evidentemente ésta era de reacciones más lentas, por lo tanto había que encontrar una manera de hacerla hablar sin que ello significara capitulación por ninguna de las dos partes, porque el asunto que los había distanciado era una intrascendencia y no valía la pena volver sobre ello.

Cuando ya se iban a acostar al señor se le ocurrió una idea, se levantó con cara de preocupado y abriendo uno de los cajones de la cómoda, se puso a buscar afanosamente en el, sacaba la ropa y la tiraba sobre la cama.

Luego de haber vaciado ese cajón, lo cerró con fuerza y se puso hacer lo mismo con el siguiente. Cuando ya se decidía a hacer lo mismo con el siguiente la señora rompió el silencio y preguntó entre enojada y

preocupada: ¿Se puede saber qué estás buscando? A lo que contestó su esposo con una sonrisa: Sí y ya lo encontré, tu voz querida.

Ojalá pudiéramos siempre buscar la armonía y la paz, sobre todo con nuestros más cercanos. El orgullo no nos conduce a ninguna parte, a veces le damos demasiada importancia a situaciones sin trascendencia y por eso perdemos buenos momentos junto a los que queremos de verdad.

PENSARES

Dos ancianos con 40 años de convivencia fecunda y fiel, se conocían lo suficiente como para darse todavía la sorpresa de un malentendido.

Era justo lo que había pasado esa mañana. Él era un hombre jovial y bastante espontáneo, impetuoso en sus reacciones; solía irse de boca cuando decía sus verdades. La esposa en cambio era más paciente, pero también de reacciones más lentas, por eso ese cruce de palabras que la habían ofendido la llevó a su respuesta habitual el silencio.

El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están obligadas a una convivencia muy cercana, sobre todo cuando no existe la posibilidad de escapar a través del grupo y estos dos ancianos pasaban gran parte de la semana solos porque sus tres hijos casados no vivían en el mismo pueblo y los encuentros solían darse solo los fines de semana y esto sucedía en día miércoles.

La discusión se había dado en horas de la mañana. Para la hora del almuerzo se comió en silencio; el televisor llenó un poco el vacío sin solucionar el problema; el té de la tarde los vio reunirse dentro del mismo clima y llegada la cena continuaban en el mutismo por parte de la esposa. Al anciano ya se le había pasado totalmente el mal rato y quería que le sucediera lo mismo a su señora, pero evidentemente ésta era de reacciones más lentas, por lo tanto había que encontrar una manera de hacerla hablar sin que ello significara capitulación por ninguna de las dos partes, porque el asunto que los había distanciado era una intrascendencia y no valía la pena volver sobre ello.

Cuando ya se iban a acostar al señor se le ocurrió una idea, se levantó con cara de preocupado y abriendo uno de los cajones de la cómoda, se puso a buscar afanosamente en el, sacaba la ropa y la tiraba sobre la cama.

Luego de haber vaciado ese cajón, lo cerró con fuerza y se puso hacer lo mismo con el siguiente. Cuando ya se decidía a hacer lo mismo con el siguiente la señora rompió el silencio y preguntó entre enojada y

preocupada: ¿Se puede saber qué estás buscando? A lo que contestó su esposo con una sonrisa: Sí y ya lo encontré, tu voz querida.

Ojalá pudiéramos siempre buscar la armonía y la paz, sobre todo con nuestros más cercanos. El orgullo no nos conduce a ninguna parte, a veces le damos demasiada importancia a situaciones sin trascendencia y por eso perdemos buenos momentos junto a los que queremos de verdad.

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