/ martes 22 de septiembre de 2020

Los que se sientan en la mesa

CRUZANDO LÍNEAS

Arizona.- Las cabelleras rubias encandilaban en el evento de Latinos por Trump en Phoenix. Eran muchas, pero las cámaras se enfocaban en los pocos rostros morenos que celebraban la llegada del Presidente. Al fin y al cabo era un evento para celebrar el mes de la Herencia Hispana en un estado decisivo en las próximas elecciones y necesitaban diversidad. La tuvieron.

Pero incluso ahí, en un evento organizado por ellos y para ellos, los latinos eran minoría. Los hispanos se perdían entre los fanáticos de hueso colorado de Trump que lo siguen fielmente en cada visita presidencial. Aun así se sentían como si fueran los elegidos. Para ellos, estar en el mismo salón que el Presidente era ya un hecho histórico… lo que se hablaría les importaría después, si acaso.

Esos latinos han demostrado un apoyo incondicional a un Presidente que ataca una y otra vez a los que llegaron después que ellos. Así funciona la migración en Estados Unidos y el mundo: Los que están contra los que vienen; los que pertenecen contra los que quieren pertenecer; los que se asentaron contra los que se mueven; los que “se blanquearon” contra los que llegan con la piel ardida por la travesía. Los de abajo siempre son los recién llegados y, bueno, ellos no votan… es más, los botan. Y así se arrancan las raíces, para que no crezcan ni florezcan, porque ya son muchos y no quieren más.

Se han adaptado -¿domesticado?- y vociferan para que los vean. Trump les ha dado la oportunidad de ser y ser vistos, de colarse en ese escaparate en el que antes no tenían sitio y mucho menos rostro. Se sienten vistos. Se radicalizan para sentirse identificados. Y así, en medio de una multitud que finge aceptarlos, materializan su sueño americano al sentarse en la mesa a la que nadie los invitó antes.

Pero no basta con jalar una silla, hacerse campo en la mesa y escuchar. No, que nos hayan invitado a la conversación no es un privilegio, es un derecho. No es suficiente cruzar las piernas y entrelazar las manos agradecidos por el momento, por estar ahí, por ser parte de la historia, porque somos los elegidos para llenar la cuota. Hay que pelear por la palabra, arrebatarla si es necesario. Que se acaben los aplausos por compromiso y que empiece el diálogo.

Entendamos: Si nos voltean a ver no nos están haciendo un favor. Tampoco ha sido de a gratis. Alguien quiere algo.

maritzalizethfelix@gmail.com


CRUZANDO LÍNEAS

Arizona.- Las cabelleras rubias encandilaban en el evento de Latinos por Trump en Phoenix. Eran muchas, pero las cámaras se enfocaban en los pocos rostros morenos que celebraban la llegada del Presidente. Al fin y al cabo era un evento para celebrar el mes de la Herencia Hispana en un estado decisivo en las próximas elecciones y necesitaban diversidad. La tuvieron.

Pero incluso ahí, en un evento organizado por ellos y para ellos, los latinos eran minoría. Los hispanos se perdían entre los fanáticos de hueso colorado de Trump que lo siguen fielmente en cada visita presidencial. Aun así se sentían como si fueran los elegidos. Para ellos, estar en el mismo salón que el Presidente era ya un hecho histórico… lo que se hablaría les importaría después, si acaso.

Esos latinos han demostrado un apoyo incondicional a un Presidente que ataca una y otra vez a los que llegaron después que ellos. Así funciona la migración en Estados Unidos y el mundo: Los que están contra los que vienen; los que pertenecen contra los que quieren pertenecer; los que se asentaron contra los que se mueven; los que “se blanquearon” contra los que llegan con la piel ardida por la travesía. Los de abajo siempre son los recién llegados y, bueno, ellos no votan… es más, los botan. Y así se arrancan las raíces, para que no crezcan ni florezcan, porque ya son muchos y no quieren más.

Se han adaptado -¿domesticado?- y vociferan para que los vean. Trump les ha dado la oportunidad de ser y ser vistos, de colarse en ese escaparate en el que antes no tenían sitio y mucho menos rostro. Se sienten vistos. Se radicalizan para sentirse identificados. Y así, en medio de una multitud que finge aceptarlos, materializan su sueño americano al sentarse en la mesa a la que nadie los invitó antes.

Pero no basta con jalar una silla, hacerse campo en la mesa y escuchar. No, que nos hayan invitado a la conversación no es un privilegio, es un derecho. No es suficiente cruzar las piernas y entrelazar las manos agradecidos por el momento, por estar ahí, por ser parte de la historia, porque somos los elegidos para llenar la cuota. Hay que pelear por la palabra, arrebatarla si es necesario. Que se acaben los aplausos por compromiso y que empiece el diálogo.

Entendamos: Si nos voltean a ver no nos están haciendo un favor. Tampoco ha sido de a gratis. Alguien quiere algo.

maritzalizethfelix@gmail.com


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