/ viernes 8 de noviembre de 2019

Para muestra basta Atlacholoaya

El Agua del Molino


En el Municipio de Xochitepec, Morelos, está la localidad de Atlacholoaya, donde se ubica el penal que lleva su nombre, hoy tristemente célebre por ser prueba trágica y palpable del fracaso rotundo de la cárcel en México.

El secretario de Gobierno de Morelos, Pablo Ojeda Cárdenas, reconoció que durante algunas horas se perdió el control del Centro de Reinserción Social. Su solo nombre da risa, cargada de ironía y desilusión. ¿Reinserción como la llama absurdamente el artículo 18 de la Constitución, en vez de readaptación? El hecho es que ni la una ni la otra operan en la realidad del país, salvo fragmentos o parcelas que apenas si llegan a la excepción. Esto aparta de las opiniones, aplastadas por la realidad, de quienes siguen creyendo en la cárcel, cuya crisis nacional y mundial es evidente. Opiniones que merecen el mayor respeto si se las ubica en el mundo del deber ser, del ideal.

Lo que pasa es que es imperativo en el caso preguntarse si el ideal se refleja o no en la realidad. Varios muertos y policías arbitrariamente detenidos son el ejemplo vivo de un fracaso constante, siendo que los detalles de ello han sido difundidos ampliamente…

El ejemplo de Atlacholoaya pone de relieve que en México la cárcel es absolutamente inútil frente a la violencia que todos conocemos.

Ahora bien, el tema es de suyo complejo y ya lo he planteado en mi tesis del revisionismo de la función del Derecho Penal igual que otros destacados juristas y políticos, uno de los cuales se graduará de Doctor en Derecho en la UNAM en unos días y por eso me han llamado poderosamente la atención las declaraciones -casi tres semanas después de los sucesos de Culiacán- del secretario de Seguridad, Alfonso Durazo Montaño, en el sentido de que “el gobierno federal no utilizará más operativos para capturar a criminales como estrategia de seguridad, porque los debilitarán financieramente y en sus bases; regenerando el tejido social”.

Lo anterior, a mi juicio, es un reconocimiento implícito del rotundo fracaso de la cárcel en la lucha contra el narcotráfico. Se trata de un camino a andar, de un primer paso que sin duda llevará tiempo porque la red criminal es muy amplia y se ha infiltrado en zonas clave de la sociedad. Sin embargo, lo importante es darse cuenta parafraseando a Francesco Carnelutti (autor del libro “El problema de la pena”) de si la cárcel reprime al delito, de si la modificación de la vida del reo es idónea al efecto y de si aquélla es útil. La respuesta es no.

Los fuertes cambios en la sociedad mundial, incluido obviamente México, obligan a tomar medidas conducentes a ello y a modificar de estrategia en la lucha contra la criminalidad. Es lo que reclama la Cuarta Transformación porque los elevados propósitos de ésta fracasarán sin duda, yéndose al vacío, si la violencia sigue golpeando sin tregua los muros -hasta romperlos totalmente- del Estado de Derecho.

El Agua del Molino


En el Municipio de Xochitepec, Morelos, está la localidad de Atlacholoaya, donde se ubica el penal que lleva su nombre, hoy tristemente célebre por ser prueba trágica y palpable del fracaso rotundo de la cárcel en México.

El secretario de Gobierno de Morelos, Pablo Ojeda Cárdenas, reconoció que durante algunas horas se perdió el control del Centro de Reinserción Social. Su solo nombre da risa, cargada de ironía y desilusión. ¿Reinserción como la llama absurdamente el artículo 18 de la Constitución, en vez de readaptación? El hecho es que ni la una ni la otra operan en la realidad del país, salvo fragmentos o parcelas que apenas si llegan a la excepción. Esto aparta de las opiniones, aplastadas por la realidad, de quienes siguen creyendo en la cárcel, cuya crisis nacional y mundial es evidente. Opiniones que merecen el mayor respeto si se las ubica en el mundo del deber ser, del ideal.

Lo que pasa es que es imperativo en el caso preguntarse si el ideal se refleja o no en la realidad. Varios muertos y policías arbitrariamente detenidos son el ejemplo vivo de un fracaso constante, siendo que los detalles de ello han sido difundidos ampliamente…

El ejemplo de Atlacholoaya pone de relieve que en México la cárcel es absolutamente inútil frente a la violencia que todos conocemos.

Ahora bien, el tema es de suyo complejo y ya lo he planteado en mi tesis del revisionismo de la función del Derecho Penal igual que otros destacados juristas y políticos, uno de los cuales se graduará de Doctor en Derecho en la UNAM en unos días y por eso me han llamado poderosamente la atención las declaraciones -casi tres semanas después de los sucesos de Culiacán- del secretario de Seguridad, Alfonso Durazo Montaño, en el sentido de que “el gobierno federal no utilizará más operativos para capturar a criminales como estrategia de seguridad, porque los debilitarán financieramente y en sus bases; regenerando el tejido social”.

Lo anterior, a mi juicio, es un reconocimiento implícito del rotundo fracaso de la cárcel en la lucha contra el narcotráfico. Se trata de un camino a andar, de un primer paso que sin duda llevará tiempo porque la red criminal es muy amplia y se ha infiltrado en zonas clave de la sociedad. Sin embargo, lo importante es darse cuenta parafraseando a Francesco Carnelutti (autor del libro “El problema de la pena”) de si la cárcel reprime al delito, de si la modificación de la vida del reo es idónea al efecto y de si aquélla es útil. La respuesta es no.

Los fuertes cambios en la sociedad mundial, incluido obviamente México, obligan a tomar medidas conducentes a ello y a modificar de estrategia en la lucha contra la criminalidad. Es lo que reclama la Cuarta Transformación porque los elevados propósitos de ésta fracasarán sin duda, yéndose al vacío, si la violencia sigue golpeando sin tregua los muros -hasta romperlos totalmente- del Estado de Derecho.