/ miércoles 3 de febrero de 2021

Pobres pobres

El Muro


Según la percepción clasista potenciada en redes sociales, los pobres son nacos, buchones, simios, pandejos, covidiotas, ignorantes que necesitan caridad.

Ni siquiera hablan correctamente el español, pero aún así se animan a decirle “braulins” a los brownies, “bongles” a las boneless o “covit” al Covid. Vaya tragedia. Ojalá lo anterior fuera una posición extrema de mal gusto, pero no, se trata de un comportamiento extendido más allá de Mexicali, el cual ha sido analizado con el rigor suficiente como para confirmarlo. “Prejudice against members or a ridiculed working class group” concluyó que los pobres son vistos como inmorales e incompetentes y entre más grande es la brecha monetaria, la creencia se recrudece.

Existe una tendencia hacia la crueldad silenciosa. Los investigadores de “Dehumanizing the lower of low…” midieron la reacción cerebral ante imágenes de personas en condiciones paupérrimas como los “homeless” que limpian vidrios en cruceros: Los sujetos investigados no le atribuyeron a los menesterosos la capacidad de pensar o sentir.

Estereotipos como “soy pobre, pero honrado” fortalece la idea de que la desigualdad está justificada. Las mujeres que aceptan el rol de cariñosas mientras el hombre es poderoso, son más propensas a aceptar la desigualdad de género. Todos en mayor o menor medida fortalecemos el sistema porque necesitamos un mundo falsamente justo en el que cada quien tiene lo que merece (“Stereotypes do reinforce the status quo”).

Por si llegara a existir la duda de que se trata de algo personal en contra los pobres, “Inequality in socially permisible consumption” lo confirma. Once experimentos mostraron -por ejemplo- que a los sujetos pobres no se les permite ciertos lujos, como comprar una tv mientras a los ricos sí. Cuando se desconoce la situación socioeconómica de la persona, las personas del experimento aceptaron la conducta de consumo sin chistar. Es contra los pobres.

Los pobres no necesitan mucho porque con poco son felices, eso explica aspectos que van desde el diseño y dimensiones de las casas en fraccionamientos de zonas marginadas, hasta la conformación y tamaño de una despensa alimenticia.

Esta situación no se arregla pontificando desde un pedestal de superioridad moral, tampoco con falso humanismo, simbolismos, vestidos morados, mujeres en el poder, sino aceptando que todos somos parte del problema aunque nos ofenda. O aquel que esté libre de culpa, que lance la primera piedra.

El Muro


Según la percepción clasista potenciada en redes sociales, los pobres son nacos, buchones, simios, pandejos, covidiotas, ignorantes que necesitan caridad.

Ni siquiera hablan correctamente el español, pero aún así se animan a decirle “braulins” a los brownies, “bongles” a las boneless o “covit” al Covid. Vaya tragedia. Ojalá lo anterior fuera una posición extrema de mal gusto, pero no, se trata de un comportamiento extendido más allá de Mexicali, el cual ha sido analizado con el rigor suficiente como para confirmarlo. “Prejudice against members or a ridiculed working class group” concluyó que los pobres son vistos como inmorales e incompetentes y entre más grande es la brecha monetaria, la creencia se recrudece.

Existe una tendencia hacia la crueldad silenciosa. Los investigadores de “Dehumanizing the lower of low…” midieron la reacción cerebral ante imágenes de personas en condiciones paupérrimas como los “homeless” que limpian vidrios en cruceros: Los sujetos investigados no le atribuyeron a los menesterosos la capacidad de pensar o sentir.

Estereotipos como “soy pobre, pero honrado” fortalece la idea de que la desigualdad está justificada. Las mujeres que aceptan el rol de cariñosas mientras el hombre es poderoso, son más propensas a aceptar la desigualdad de género. Todos en mayor o menor medida fortalecemos el sistema porque necesitamos un mundo falsamente justo en el que cada quien tiene lo que merece (“Stereotypes do reinforce the status quo”).

Por si llegara a existir la duda de que se trata de algo personal en contra los pobres, “Inequality in socially permisible consumption” lo confirma. Once experimentos mostraron -por ejemplo- que a los sujetos pobres no se les permite ciertos lujos, como comprar una tv mientras a los ricos sí. Cuando se desconoce la situación socioeconómica de la persona, las personas del experimento aceptaron la conducta de consumo sin chistar. Es contra los pobres.

Los pobres no necesitan mucho porque con poco son felices, eso explica aspectos que van desde el diseño y dimensiones de las casas en fraccionamientos de zonas marginadas, hasta la conformación y tamaño de una despensa alimenticia.

Esta situación no se arregla pontificando desde un pedestal de superioridad moral, tampoco con falso humanismo, simbolismos, vestidos morados, mujeres en el poder, sino aceptando que todos somos parte del problema aunque nos ofenda. O aquel que esté libre de culpa, que lance la primera piedra.

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