/ jueves 4 de junio de 2020

Populismo, consecuencias

CUCHILLITO DE PALO

Estados Unidos, Brasil y México, padecen las consecuencias de desgobernantes que fungen bajo esa bandera. Una teoría que tiene de rodillas a Venezuela, sumida en la desgracia de un dictador populista.

Poco han valido los ríos de tinta que denuncian el peligro de la aberrante actitud de políticos imbuidos de un narcisismo, que solo les permite ver su propia imagen en el espejo. La denuncia abarca a lo largo y ancho del planeta a auténticos sátrapas que navegan hundiendo a poblaciones enteras en la incertidumbre, la falta de libertades y la desesperanza (aunque haya ocasiones en las que logren avances económicos; otras, empobrecen hasta lo indecible).

Una de sus principales características es la de buscarse siempre a un enemigo –un “adversario”, diría López Obrador-. Con esa cantaleta le atribuyen al de turno los males habidos y por haber. Enmascaran sus errores atribuyéndolos a quienes, de acuerdo a su obtuso criterio, no los comprenden. La lista de enemigos crece, mientras ellos solo miran al sector que los eligió y que sigue fiel en la defensa de su prócer. El resto de la sociedad se queda a la deriva, en el intento de sobrevivir a la opresión.

Para conseguir su objetivo, que no es otro que el de controlar y gobernar a pueblos sumisos, a borregos, encienden los ánimos de sus simpatizantes, sembrando el odio y el divisionismo, hacia el que piensa distinto. Esta estrategia lleva a una descomposición social en la que anidan rencores y resentimientos, resabios de años y décadas de frustraciones individuales y colectivas.

En Estados Unidos, democracia sostenida a pesar de los embates, el señor Trump va de picada. Sembró -hasta lo indecible- el racismo y alentó a grupos supremacistas radicales, reflejos en unos cuerpos policiales arbitrarios y con una seria inclinación a agredir a los afroamericanos y a los hispanos. Una policía a la que se le teme por su brutal violencia… El fin de semana se dio una manifestación motorizada para exigir que AMLO se vaya.

En una democracia hay otros cauces, sin quemar la pólvora en infiernillos. Si estamos en peligro por la generalización de la crisis (sanitaria, económica, política, amén de la corrupción), habría que pensar en el probable marasmo que sobrevendría…

Con una economía estancada (previo a la pandemia), una inseguridad y corrupción al alza, un sistema de salud disfuncional y los ataques a instituciones y organismos de todos estilos, la sociedad se siente agredida y vilipendiada. Frente a esta percepción de un porcentaje poblacional, sus simpatizantes responden con intolerancia y más violencia, en un cuento de nunca acabar.

Los medios para el cambio están en la construcción de consensos que nos unifiquen (a lo que ayudarían partidos sólidos) y el electoral. Habrá que esperar al 2021 y recuperar un Congreso que resulte verdadero contrapeso.

catalinanq@hotmail.com


CUCHILLITO DE PALO

Estados Unidos, Brasil y México, padecen las consecuencias de desgobernantes que fungen bajo esa bandera. Una teoría que tiene de rodillas a Venezuela, sumida en la desgracia de un dictador populista.

Poco han valido los ríos de tinta que denuncian el peligro de la aberrante actitud de políticos imbuidos de un narcisismo, que solo les permite ver su propia imagen en el espejo. La denuncia abarca a lo largo y ancho del planeta a auténticos sátrapas que navegan hundiendo a poblaciones enteras en la incertidumbre, la falta de libertades y la desesperanza (aunque haya ocasiones en las que logren avances económicos; otras, empobrecen hasta lo indecible).

Una de sus principales características es la de buscarse siempre a un enemigo –un “adversario”, diría López Obrador-. Con esa cantaleta le atribuyen al de turno los males habidos y por haber. Enmascaran sus errores atribuyéndolos a quienes, de acuerdo a su obtuso criterio, no los comprenden. La lista de enemigos crece, mientras ellos solo miran al sector que los eligió y que sigue fiel en la defensa de su prócer. El resto de la sociedad se queda a la deriva, en el intento de sobrevivir a la opresión.

Para conseguir su objetivo, que no es otro que el de controlar y gobernar a pueblos sumisos, a borregos, encienden los ánimos de sus simpatizantes, sembrando el odio y el divisionismo, hacia el que piensa distinto. Esta estrategia lleva a una descomposición social en la que anidan rencores y resentimientos, resabios de años y décadas de frustraciones individuales y colectivas.

En Estados Unidos, democracia sostenida a pesar de los embates, el señor Trump va de picada. Sembró -hasta lo indecible- el racismo y alentó a grupos supremacistas radicales, reflejos en unos cuerpos policiales arbitrarios y con una seria inclinación a agredir a los afroamericanos y a los hispanos. Una policía a la que se le teme por su brutal violencia… El fin de semana se dio una manifestación motorizada para exigir que AMLO se vaya.

En una democracia hay otros cauces, sin quemar la pólvora en infiernillos. Si estamos en peligro por la generalización de la crisis (sanitaria, económica, política, amén de la corrupción), habría que pensar en el probable marasmo que sobrevendría…

Con una economía estancada (previo a la pandemia), una inseguridad y corrupción al alza, un sistema de salud disfuncional y los ataques a instituciones y organismos de todos estilos, la sociedad se siente agredida y vilipendiada. Frente a esta percepción de un porcentaje poblacional, sus simpatizantes responden con intolerancia y más violencia, en un cuento de nunca acabar.

Los medios para el cambio están en la construcción de consensos que nos unifiquen (a lo que ayudarían partidos sólidos) y el electoral. Habrá que esperar al 2021 y recuperar un Congreso que resulte verdadero contrapeso.

catalinanq@hotmail.com