/ miércoles 19 de febrero de 2020

Proteger al periodista

El Muro


Los periodistas no resuelven problemas –aunque podrían hacerlo si fueran menos dogmáticos-, pero ponen el dedo en la llaga, lo cual es peor para quien actúa fuera de la ley.

Así que ser indiferente o tolerar el amedrentamiento de periodistas es un acto contra nosotros mismos, es como darse un balazo en un pie y fingir que no ha pasado algo. Un reportero es el principal elemento social que poseemos para hacer un contrapeso eficaz al dañoso. No es una figura formal, pero tiene la aprobación comunitaria.

Cuando las instituciones fallan en el cumplimiento de su deber –lo cual ocurre seguido-, la figura que está presente para dar voz al problema es un periodista, pero uno honesto, uno que no está al servicio del poderoso, sino una persona noble, un ferviente creedor en que la denuncia pública es el primer paso para desmontar un tramado ilegal.

Por un periodista nos enteramos con detalle, por ejemplo, sobre los feminicidios; también por sus informaciones podemos saber cómo protegernos de todo tipo de abusos. Un periodista es la caja de resonancia que amplía el lamento de alguien que no encuentra a su hijo.

Requerimos más periodistas, mujeres, hombres, al servicio comunitario y menos periodistas que idolatren el mundillo de la política, ya que aunque son populares y se granjean las lisonjas del poderoso o de quien aspira a serlo, en el fondo quien da voz pública a lo que se dice en los corrillos políticos, participa en hacer más grande el problema.

La reportera Rosella Rosillo Rojo fue víctima de un ataque de desprestigio bien estructurado, elaborado por una empresa proveedora del gobierno estatal, únicamente por el hecho de haber publicado las quejas -con elementos probatorios- sobre un servicio mal prestado en el cual los perjudicados eran niños de escuelas públicas.

Por su parte, el reportero Israel García fue golpeado por organizadores de carreras clandestinas de vehículos, solo por haber compartido en un video un percance en el que resultaron lesionadas varias personas. En ambos casos, las agrupaciones de reporteros organizados emitieron posicionamientos en los cuales externaron su preocupación por estos hechos.

El daño al periodista va más allá de las lesiones físicas, el desprestigio o en casos extremos, la muerte, el daño trasciende la frontera personal para extenderse a la comunitaria. No importa qué tan mal pueda caer un reportero o el medio que representa, pero si alguien que obra mal atenta contra su integridad, en realidad lo hace contra todos nosotros. Y es solo a nosotros, los ciudadanos, a quienes más nos conviene contar con informadores seguros, tranquilos y protegidos, ya que ellos serán quienes a su vez harán lo posible para que todos vivamos en un mundo menos inestable.

El Muro


Los periodistas no resuelven problemas –aunque podrían hacerlo si fueran menos dogmáticos-, pero ponen el dedo en la llaga, lo cual es peor para quien actúa fuera de la ley.

Así que ser indiferente o tolerar el amedrentamiento de periodistas es un acto contra nosotros mismos, es como darse un balazo en un pie y fingir que no ha pasado algo. Un reportero es el principal elemento social que poseemos para hacer un contrapeso eficaz al dañoso. No es una figura formal, pero tiene la aprobación comunitaria.

Cuando las instituciones fallan en el cumplimiento de su deber –lo cual ocurre seguido-, la figura que está presente para dar voz al problema es un periodista, pero uno honesto, uno que no está al servicio del poderoso, sino una persona noble, un ferviente creedor en que la denuncia pública es el primer paso para desmontar un tramado ilegal.

Por un periodista nos enteramos con detalle, por ejemplo, sobre los feminicidios; también por sus informaciones podemos saber cómo protegernos de todo tipo de abusos. Un periodista es la caja de resonancia que amplía el lamento de alguien que no encuentra a su hijo.

Requerimos más periodistas, mujeres, hombres, al servicio comunitario y menos periodistas que idolatren el mundillo de la política, ya que aunque son populares y se granjean las lisonjas del poderoso o de quien aspira a serlo, en el fondo quien da voz pública a lo que se dice en los corrillos políticos, participa en hacer más grande el problema.

La reportera Rosella Rosillo Rojo fue víctima de un ataque de desprestigio bien estructurado, elaborado por una empresa proveedora del gobierno estatal, únicamente por el hecho de haber publicado las quejas -con elementos probatorios- sobre un servicio mal prestado en el cual los perjudicados eran niños de escuelas públicas.

Por su parte, el reportero Israel García fue golpeado por organizadores de carreras clandestinas de vehículos, solo por haber compartido en un video un percance en el que resultaron lesionadas varias personas. En ambos casos, las agrupaciones de reporteros organizados emitieron posicionamientos en los cuales externaron su preocupación por estos hechos.

El daño al periodista va más allá de las lesiones físicas, el desprestigio o en casos extremos, la muerte, el daño trasciende la frontera personal para extenderse a la comunitaria. No importa qué tan mal pueda caer un reportero o el medio que representa, pero si alguien que obra mal atenta contra su integridad, en realidad lo hace contra todos nosotros. Y es solo a nosotros, los ciudadanos, a quienes más nos conviene contar con informadores seguros, tranquilos y protegidos, ya que ellos serán quienes a su vez harán lo posible para que todos vivamos en un mundo menos inestable.

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