/ sábado 6 de junio de 2020

Tres consejos (Parte final)

PENSARES

Dos días después se enteró de otro viajero que había tomado el atajo y lo asaltaron, lo golpearon y le robaron su ropa. Ese atajo llevaba a una emboscada.

Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una pensión a la vera de la carretera. Era muy tarde en la noche y parecía que todos dormían, pero una mujer malencarada le abrió la puerta y lo atendió. Como estaba tan cansado tan solo le pagó la tarifa sin preguntar nada y después de tomar un baño se acostó a dormir.

De madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador; se puso de pie y se dirigió hasta la puerta para ir hacia donde escuchó el grito. Cuando estaba abriendo la puerta se acordó del segundo consejo: “Nunca seas curioso de aquello que represente el mal, pues la curiosidad por el mal puede ser fatal”. Regresó y se acostó a dormir.

Al amanecer, el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito y él le contestó que sí lo había escuchado. El dueño de la posada le preguntó: ¿Y no sintió curiosidad? Él le contestó que no, a lo que el dueño le respondió: Usted ha tenido suerte en salir vivo de aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de locura que grita horriblemente y cuando el huésped sale a enterarse de lo que está pasando, lo mata, lo entierra en el quintal y luego se esfuma.

El joven siguió su larga jornada ansioso por llegar a casa. Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña casa. Caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa acariciando los cabellos de un hombre. Cuando vio aquella escena su corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y matarlos sin piedad. Apresuró sus pasos cuando recordó el tercer consejo: “Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte demasiado tarde”.

Entonces paró y reflexionó. Se dirigió a la casa de su esposa y al abrirle la puerta ella con lágrimas le dice: Te esperé durante 20 años. Él le preguntó: ¿Quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde? Ella le contestó: Es nuestro hijo… Entonces el esposo abrazó a su hijo y les contó toda su historia, mientras su esposa preparaba la cena. Después de la oración de agradecimiento, él partió el pan y al abrirlo se encontró un cheque con todo su dinero, el pago de 20 años de dedicación.


PENSARES

Dos días después se enteró de otro viajero que había tomado el atajo y lo asaltaron, lo golpearon y le robaron su ropa. Ese atajo llevaba a una emboscada.

Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una pensión a la vera de la carretera. Era muy tarde en la noche y parecía que todos dormían, pero una mujer malencarada le abrió la puerta y lo atendió. Como estaba tan cansado tan solo le pagó la tarifa sin preguntar nada y después de tomar un baño se acostó a dormir.

De madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador; se puso de pie y se dirigió hasta la puerta para ir hacia donde escuchó el grito. Cuando estaba abriendo la puerta se acordó del segundo consejo: “Nunca seas curioso de aquello que represente el mal, pues la curiosidad por el mal puede ser fatal”. Regresó y se acostó a dormir.

Al amanecer, el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito y él le contestó que sí lo había escuchado. El dueño de la posada le preguntó: ¿Y no sintió curiosidad? Él le contestó que no, a lo que el dueño le respondió: Usted ha tenido suerte en salir vivo de aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de locura que grita horriblemente y cuando el huésped sale a enterarse de lo que está pasando, lo mata, lo entierra en el quintal y luego se esfuma.

El joven siguió su larga jornada ansioso por llegar a casa. Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña casa. Caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa acariciando los cabellos de un hombre. Cuando vio aquella escena su corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y matarlos sin piedad. Apresuró sus pasos cuando recordó el tercer consejo: “Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte demasiado tarde”.

Entonces paró y reflexionó. Se dirigió a la casa de su esposa y al abrirle la puerta ella con lágrimas le dice: Te esperé durante 20 años. Él le preguntó: ¿Quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde? Ella le contestó: Es nuestro hijo… Entonces el esposo abrazó a su hijo y les contó toda su historia, mientras su esposa preparaba la cena. Después de la oración de agradecimiento, él partió el pan y al abrirlo se encontró un cheque con todo su dinero, el pago de 20 años de dedicación.


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