/ martes 31 de agosto de 2021

Varados en la violencia

Cruzando líneas

ARIZONA - Cruzar por México era lo más arriesgado del viaje de un migrante con miras a llegar a Estados Unidos. Era, digo, en pasado, porque ahora quedarse en México es la verdadera prueba de supervivencia. En lo que va de la administración Biden, más de 6 mil 300 personas han sido enviadas a un país que no es suyo a esperar a que una autoridad migratoria estadounidense escuche su asilo. Los mandan a una guerra, pero no les gusta llamarlo así. ¿Por qué? Reconocer la miseria nos cuesta mucho y nos atragantamos de silencios antes de admitirlo en voz alta.

De acuerdo con un reporte de Human Right First, más del 80 por ciento de los migrantes ha sido víctima de abusos, ataques y violencia. Las denuncias incluyen secuestros, trata de personas, violaciones, extorsiones, asaltos armados o amenazas. Además, hay quienes dicen que son obligados por las organizaciones criminales a “echarse algo al hombro” para pagar la cuota de un cruce ilegal a los Estados Unidos cuando se les acaba la paciencia.

Foto: Carlos Luna | El Sol de Tijuana

Pero no son los narcos los únicos que se aprovechan de la vulnerabilidad de migrar. Los viajeros también denuncian a las autoridades. Según encuestas de la organización Al Otro Lado, muchos de los centroamericanos varados en México fueron golpeados por la policía mexicana y culpan a los agentes del orden de ser ellos quienes los maltratan, chantajean y amenazan. Esto tampoco sorprende. No se sabe en quién confiar, cuál es peor o quién es el menor de los males. Criminales y autoridades se parecen mucho y es difícil distinguir.

Expulsar a los migrantes no tiene nada de humanitario. La crisis que se vive en la frontera no es por esa invasión de la que hablan, sino por la falta de empatía, compasión y vías legales para la migración. No, mil, dos mil o tres mil centroamericanos en caravana no podrán apoderarse de una nación de más de 50 millones de habitantes. Saquen cuentas. No es una ola ni es toma forzada… no, es simplemente otro ejemplo de un fenómeno humano.

Esta semana, la Corte Suprema de Estados Unidos respaldó la medida de “Permanecer en México” de la administración Trump. Con esto obliga a las autoridades de inmigración a expulsar al país azteca a los centroamericanos y otros migrantes que llegan a la frontera a pedir refugio o asilo en Estados Unidos. México, continúa entonces, como la coladera de la miseria, el guardián del muro o el verdugo del sueño americano. ¿Hasta cuándo? Solo México podría poner un alto.

Ellos, los migrantes que ahora se imponen frente a nuestros ojos, no darán marcha atrás. Prefieren el purgatorio mexicano al infierno de sus casas. Si recorrieran las montañas de Guatemala o las estrechas calles de El Salvador quizá lo entendieran mejor. Allá los mata el hambre; acá la indiferencia. Su tierra es tampoco como México. Los refugiados migran y siguen migrando. Huyen de la pobreza y luego de la violencia. Llegan a un país que se parece al suyo, pero no lo es; una tierra que también está secuestrada por la corrupción y el crimen organizado, un lugar que les termina de arrancar la inocencia, si es que todavía les quedaba. Y esperan mientras les abren las puertas.

Así se les va la vida, migrando y esperando, con todos los gerundios que conlleva. Siempre en el ando y yendo. Sin echar raíces. En incertidumbre y zozobra. Con más especulaciones que planes. Porque así es migrar a un país racista en una pandemia.

Cruzando líneas

ARIZONA - Cruzar por México era lo más arriesgado del viaje de un migrante con miras a llegar a Estados Unidos. Era, digo, en pasado, porque ahora quedarse en México es la verdadera prueba de supervivencia. En lo que va de la administración Biden, más de 6 mil 300 personas han sido enviadas a un país que no es suyo a esperar a que una autoridad migratoria estadounidense escuche su asilo. Los mandan a una guerra, pero no les gusta llamarlo así. ¿Por qué? Reconocer la miseria nos cuesta mucho y nos atragantamos de silencios antes de admitirlo en voz alta.

De acuerdo con un reporte de Human Right First, más del 80 por ciento de los migrantes ha sido víctima de abusos, ataques y violencia. Las denuncias incluyen secuestros, trata de personas, violaciones, extorsiones, asaltos armados o amenazas. Además, hay quienes dicen que son obligados por las organizaciones criminales a “echarse algo al hombro” para pagar la cuota de un cruce ilegal a los Estados Unidos cuando se les acaba la paciencia.

Foto: Carlos Luna | El Sol de Tijuana

Pero no son los narcos los únicos que se aprovechan de la vulnerabilidad de migrar. Los viajeros también denuncian a las autoridades. Según encuestas de la organización Al Otro Lado, muchos de los centroamericanos varados en México fueron golpeados por la policía mexicana y culpan a los agentes del orden de ser ellos quienes los maltratan, chantajean y amenazan. Esto tampoco sorprende. No se sabe en quién confiar, cuál es peor o quién es el menor de los males. Criminales y autoridades se parecen mucho y es difícil distinguir.

Expulsar a los migrantes no tiene nada de humanitario. La crisis que se vive en la frontera no es por esa invasión de la que hablan, sino por la falta de empatía, compasión y vías legales para la migración. No, mil, dos mil o tres mil centroamericanos en caravana no podrán apoderarse de una nación de más de 50 millones de habitantes. Saquen cuentas. No es una ola ni es toma forzada… no, es simplemente otro ejemplo de un fenómeno humano.

Esta semana, la Corte Suprema de Estados Unidos respaldó la medida de “Permanecer en México” de la administración Trump. Con esto obliga a las autoridades de inmigración a expulsar al país azteca a los centroamericanos y otros migrantes que llegan a la frontera a pedir refugio o asilo en Estados Unidos. México, continúa entonces, como la coladera de la miseria, el guardián del muro o el verdugo del sueño americano. ¿Hasta cuándo? Solo México podría poner un alto.

Ellos, los migrantes que ahora se imponen frente a nuestros ojos, no darán marcha atrás. Prefieren el purgatorio mexicano al infierno de sus casas. Si recorrieran las montañas de Guatemala o las estrechas calles de El Salvador quizá lo entendieran mejor. Allá los mata el hambre; acá la indiferencia. Su tierra es tampoco como México. Los refugiados migran y siguen migrando. Huyen de la pobreza y luego de la violencia. Llegan a un país que se parece al suyo, pero no lo es; una tierra que también está secuestrada por la corrupción y el crimen organizado, un lugar que les termina de arrancar la inocencia, si es que todavía les quedaba. Y esperan mientras les abren las puertas.

Así se les va la vida, migrando y esperando, con todos los gerundios que conlleva. Siempre en el ando y yendo. Sin echar raíces. En incertidumbre y zozobra. Con más especulaciones que planes. Porque así es migrar a un país racista en una pandemia.