/ jueves 17 de mayo de 2018

Vientos

Mirarse en espejo ajeno


No nos vamos a detener largo tramo escritural para alabar el trabajo de investigación y observancia del extranjero Alan Riding autor de “Vecinos distantes”, que, sea dicho, nació en Brasil y se educó en Inglaterra.

La tarea de hoy es un gajo, apenas unos renglones de su libro citado. Ni hay tiempo ni espacio para más. Su contenido es tan amplio que la sola cita de su contenido ya es ocupante del espacio de varias columnas… Se trata de una obra subyugante para todos los que neutralizados en sus personales pasiones, lean con afán de encontrar, tal vez, otra visión de nosotros mismos, más allá de nuestra personal apreciación de lo que somos, de cómo somos en realidad. Pero vayamos al punto. De entrada (Cap. I.- Los mexicanos) escribe con un pretendido recurso romántico-histórico: “Entre el ruido y el humo de la Ciudad de México hay una tranquila plaza donde el moderno edificio de la Secretaría (sic) de Relaciones Exteriores y una iglesia colonial del siglo XVI contemplan los restos de las pirámides prehispánicas de Tlatelolco. El gobierno la ha llamado la Plaza de las Tres Culturas, así como símbolo del patrimonio de sangre mixta o mestiza de México. En el frente de la iglesia, hay una placa con las sencillas y conmovedoras palabras: ‘El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo nuestro que es el México de hoy’”.

Dice Riding que el mexicano es un ser espiritual más allá del materialismo anglosajón que es orden, organización y puntualidad. Y es por eso que afirma el autor que “el mexicano toma en cuenta más lo que uno es que lo que hace; el hombre y no el puesto que ocupa; trabaja para vivir y no a la viceversa” (Recuerdo en mi entorno de niño oir a mi abuelo Melquiades decir: “Hay que comer para vivir, no vivir para comer”. Creo que funcionó: Sigo vivo).

Para el autor de la obra, el mexicano sigue “pensando que el curso de los acontecimientos está predeterminado, los mexicanos no encuentran gran determinación por disciplinarse en una rutina. Los empresarios pretenden obtener utilidades rápidas y abundantes, en lugar de intentar la expansión del mercado a largo plazo; los individuos prefieren gastar a ahorrar…”.

Lo transcrito, lo dije de principio, es apenas una muestra del rico manjar que es este libro para quienes gustan internarse en los complicados meandros de la sociología que en manifiesto pleno, no nos permiten advertir su transfondo/ histórico-constructivo interesante, al que el autor Riding ha llegado sin ánimo negativo, antes al contrario, según mis prismáticos intelectuales.

Y termino recomendándoles la obra que editó Joaquín Mortiz/ Planeta en México (1985). Alan Riding fue corresponsal para México de The Financial Times y de The Economist y luego, seis años como jefe de la oficina del New York Times. Recomiendo su lectura con calma y con sentido de observador neutral. Y usted puede opinar lo que desee. Es su derecho.

Mirarse en espejo ajeno


No nos vamos a detener largo tramo escritural para alabar el trabajo de investigación y observancia del extranjero Alan Riding autor de “Vecinos distantes”, que, sea dicho, nació en Brasil y se educó en Inglaterra.

La tarea de hoy es un gajo, apenas unos renglones de su libro citado. Ni hay tiempo ni espacio para más. Su contenido es tan amplio que la sola cita de su contenido ya es ocupante del espacio de varias columnas… Se trata de una obra subyugante para todos los que neutralizados en sus personales pasiones, lean con afán de encontrar, tal vez, otra visión de nosotros mismos, más allá de nuestra personal apreciación de lo que somos, de cómo somos en realidad. Pero vayamos al punto. De entrada (Cap. I.- Los mexicanos) escribe con un pretendido recurso romántico-histórico: “Entre el ruido y el humo de la Ciudad de México hay una tranquila plaza donde el moderno edificio de la Secretaría (sic) de Relaciones Exteriores y una iglesia colonial del siglo XVI contemplan los restos de las pirámides prehispánicas de Tlatelolco. El gobierno la ha llamado la Plaza de las Tres Culturas, así como símbolo del patrimonio de sangre mixta o mestiza de México. En el frente de la iglesia, hay una placa con las sencillas y conmovedoras palabras: ‘El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo nuestro que es el México de hoy’”.

Dice Riding que el mexicano es un ser espiritual más allá del materialismo anglosajón que es orden, organización y puntualidad. Y es por eso que afirma el autor que “el mexicano toma en cuenta más lo que uno es que lo que hace; el hombre y no el puesto que ocupa; trabaja para vivir y no a la viceversa” (Recuerdo en mi entorno de niño oir a mi abuelo Melquiades decir: “Hay que comer para vivir, no vivir para comer”. Creo que funcionó: Sigo vivo).

Para el autor de la obra, el mexicano sigue “pensando que el curso de los acontecimientos está predeterminado, los mexicanos no encuentran gran determinación por disciplinarse en una rutina. Los empresarios pretenden obtener utilidades rápidas y abundantes, en lugar de intentar la expansión del mercado a largo plazo; los individuos prefieren gastar a ahorrar…”.

Lo transcrito, lo dije de principio, es apenas una muestra del rico manjar que es este libro para quienes gustan internarse en los complicados meandros de la sociología que en manifiesto pleno, no nos permiten advertir su transfondo/ histórico-constructivo interesante, al que el autor Riding ha llegado sin ánimo negativo, antes al contrario, según mis prismáticos intelectuales.

Y termino recomendándoles la obra que editó Joaquín Mortiz/ Planeta en México (1985). Alan Riding fue corresponsal para México de The Financial Times y de The Economist y luego, seis años como jefe de la oficina del New York Times. Recomiendo su lectura con calma y con sentido de observador neutral. Y usted puede opinar lo que desee. Es su derecho.

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