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Vientos

  • Jaime Pardo Verdugo

¿Y cuál sería el cambio?

Los grandes cambios en los sistemas políticos y económicos en el mundo se han dado, casi siempre, como resultado de la o las luchas armadas internas. Tal es el caso de México -en diversas etapas-, como en el caso de Rusia zarista cuando tomó rumbo hacia el comunismo soviético impulsado por Lenin y luego modificado por Mijail Gorbachov con su “perestroika” en su acepción revolucionaria. Y no olvidar a Francia y a los propios Estados Unidos colonialistas.
Pero el caso mexicano que es el que nos importa, en sus diversas luchas internas vino cambiando, poco a poco, su sistema político acomodándolo a una fórmula que sigue nuestra verdad genética y por eso, la Revolución Mexicana iniciada en 1910 con cierta tranquilidad y encendida en forma cruenta en 1913, se quedó entrampada entre el ser nacional anímico y las pretensiones de cambio ulteriores que en paz han venido reformando nuestra Carta Magna y modificando nuestro sistema político y económico, con increíble sorpresa de críticos que siguiendo la pauta ancestral, quisieran una Constitución estática en un mundo dinámico de cotidiano.
Hoy, motivados por los cambios en la autoridad Ejecutiva Nacional y los integrantes del Congreso de la Unión, los diversos pretensos a obtener la victoria y apropiarse de la Silla del Águila y las otras sillitas (curules) de diputados y senadores, hablan del cambio. Un cambio que prometen, pero callan hacia a dónde quieren ir. Pero vayamos por partes: ¿Hacia dónde pretende AMLO dirigir a México, suponiendo que logre Morena mayoría calificada en el Poder Legislativo? ¿Hacia un socialismo retocado con el colorido mexicano? A la derecha no irá. Ni siquiera cree en las instituciones, lo que nos dice que su íntima dirección es la izquierda; y por su lenguaje, una claca soviética en el que él sea una especie de Stalin moderno, pero único en el mando. ¿No se parece esto a la actualidad? Pregunto. Pero AMLO no nos dice cuál es su cambio, por una razón, única razón: se le cae la carpa de su escenario y las masas que lo siguen y aplauden, se darían cuenta de que el suspirante es como “el enano del tapanco”…aunque con una vocecita y clara dificultad para hilar palabras que suple con un “este…este” y por ahí, que no es falta de capacidad oratoria porque habla, no es mudo, pero sí de preparación cultural sobre la región que visita de momento.
Por su parte, Ricardito Anaya se sube a su juicio repetitivo de señalar al PRI todas las fallas en sus gobiernos, eludiendo las de doce años de panismo y abusos como los de los hijos de “doña Marta”. ¿Ya se le olvidó o es fórmula y estrategia combativa porque no tiene más que decir en su impreparación político-administrativa?
Y el señor Meade Kuribreña, que ya entró también a la calentura del cambio y tampoco nos dice hacia dónde quiere ir.
Y aquí termina mi cantaleta: no son las instituciones políticas llamadas partidos. Son sus hombres los que fallan. Pero no por unos cuantos ratas todos lo son. Algunos se aprovechan, claro, cuando el jefe roba, pues los ratoncitos también. El sistema es bueno todavía. Rescatable con ciertas modificaciones. Lo que falta es eliminar a los pecadores, como dijo Peña Nieto. Eliminar. ¿Se entiende?

Cronista de Mexicali
jaimepardoverdugo@yahoo.com.mx