/ sábado 16 de junio de 2018

Tenemos que decirle adiós a Anthony, el hombre que nos enseñó a comernos la vida

Date una vuelta por el Chicali Tragón

Escribir sobre comida nunca de los nunca estuvo en mis planes, simplemente pasó y viene pasando desde hace más de dos años. Comer, no comer o qué comer, nunca ha sido un proceso sencillo para mí. Mis primeros años de juventud fueron de poca comida y miedo a ser gorda, por lo que la lechuga y la pechuga de pollo eran mis únicas fuentes de energía.

Pero como no hay mal que dure 100 años, pasaron cosas en la vida que fueron totalmente fortuitas y me cambiaron para siempre.

No sé si ustedes tienen la edad suficiente para recordar que el inicio de los dos miles fue fascinante, los noventa habían dejado atrás el estrés de la guerra fría, sobrevivimos al Y2K y el enésimo posible fin del mundo. El internet empezaba a ser parte de nuestra vida y nos imaginábamos usándolo para intercambiar información y experiencias con personas de todas partes del planeta, también para trabajar lejos de oficinas y por fin ser parte de un mundo más unido, global y multicultural. Sí que fuimos inocentes.

En aquéllos años la música pasaba por un momento único, la electrónica (no imaginen solo raves y glowsticks), estaba produciendo los sonidos más maravillosos y San Francisco en California era uno de los epicentros mundiales. Aunque parezca anécdota de la tía Karina, debo agregar que además tomar un avión al área de la bahía era baratísimo: Pagábamos 80 dólares por viaje redondo y así podíamos ir a pequeños conciertos con los nerds más creativos de la escena musical, pasear por el SFMOMA y comprar música en Amoeba, la tienda de discos que sobrevive y sigue siendo un sueño.

La fortuna puso en mi camino a dos personas bellísimas: José un inmigrante cubano, y Ana, una mexicana radicada en esos rumbos desde hacía tiempo. Con ellos descubrí que comer era una aventura y pasar un fin de semana con ellos significaba probar comida vietnamita, desayunar huevos benedictinos con algún tocino añejo y tomar café recién colado en el Atlas, el pequeño restaurante a donde pasaba Tracy Chapman casi todos los días. Para José y Ana no importaba si teníamos que manejar 1 hora para llegar a un lugar genial de comida o esperar a que nos sirvieran, pero cada platillo era siempre una experiencia y lo mismo íbamos a lugares elegantes que a pequeños comedores en casas donde se servía comida estilo sureño.

Tras dos viajes con su guía yo entendí que comer era algo bonito y que no se trataba de comer hasta reventar o de no disfrutar la comida, sino el principio de sentarse, compartir la mesa, compartir historias y alimentar el espíritu y los lazos.

Ellos me contaron de Anthony Bourdain, un chef que había escrito un libro genial de lo que era la vida en las cocinas, pero la verdad es que olvidé el dato.

Algunos años después picando el control de la tv me topé con un programa de viajes, lo conducía un hombre flaco, gringo, rockero, la guerra los había sorprendido en su viaje a Beirut, fueron sacados de ahí en un portaaviones y con lágrimas habló de lo que significaba volver a probar la comida de casa, aunque fuera sencilla. El programa terminaba con él mirando al horizonte, sopesando si la belleza humana algún día podría eclipsar a la maldad de muchos, su respuesta fue un no, era normal, aún estaba en medio de los horrores de la guerra.

Por supuesto que quedé prendida de ese contador de historias y en esos años pre youtube y Netflix, los sábados se volvieron días sagrados: En cable pasaban dos episodios.

De la mano de Anthony entendí esa curada de querer comerse la vida, su slogan era: "I travel, I eat, and I am hungry for more". Con sus recorridos aprendí tanto, incluso él me enseñó la belleza de la comida mexicana y el hermoso valor de las mujeres que preparan la comida con las manos, para después no sólo alimentar estómagos, sino entregar parte de su corazón con cada bocado.

Justo en mi proceso de ser su fan fatal (nadie podía ni siquiera pensar en que yo un sábado me alejara de la tv, aunque repitieran episodio) fui diagnosticada con cáncer y con ese proceso terminé de enamorarme de estar viva y querer disfrutarla al tope a pesar de todo, a pesar de cualquier cosa. Me hice una promesa: Si la enfermedad volvía yo no iba a tener pendientes con la vida, por fin estaba hambrienta de todo.

Esa hambre me llevó a leerle, escucharle y después compartir mi amor por las historias con comida, primero con mis amigos, después con todos ustedes.

El viernes 8 de junio desperté con más mensajes de lo regular en mi celular y uno tras otro eran lo mismo: Amigos que me daban el pésame por la muerte de Anthony y además a causa de suicidio.

Nunca antes en mi vida había sentido ese dolor por alguien que no conocía, lloré, lo confieso y mientras escribo esta colaboración vuelvo a hacerlo, porque sé que las palabras no me van a alcanzar para transmitirles lo que ese hombre nos enseñó a quienes lo leímos, a quienes lo escuchamos.

He pensado mucho en por qué fuimos tantos los que lo admirábamos y es que no era porque viajaba, ni porque cocinaba, ni porque era a veces cínico y siempre rockero. Bourdain nos contó historias de otros humanos, nos llevó a las fronteras, nos enseñó qué comen las personas a diario, nos hizo entender los tacos, el arroz frito y el valor de agradecer toda la herencia contenida en cada plato. Anthony hizo un trabajo precioso y es que se fue por el mundo poniéndonos espejos, mostrándonos que había más belleza y nobleza de la que estábamos dispuestos a reconocer. Con él aprendimos que lo diferente no es malo, ni ajeno.

Cada año Anthony pedía a gente alrededor del mundo que le mandara videos convenciéndole de por qué debía visitar y hacer un programa en su ciudad o pueblo. Obvio pensé que debía invitarlo a Mexicali, pero nunca me animé a mandar un video. De todas maneras hice mi ruta y hoy quiero cerrar mi colaboración mensual con la guía a la que llevaría a Anthony y claro debía ser en verano, para que aprendiera a amar a mi ciudad como se debe: Con el sol a media cuadra.

El día debe empezar en el Café Victoria en el Centro de la Ciudad, donde la ley es el café con leche y el bisquet calientito con mantequilla.

De ahí hay que agarrar carretera al Guadalupe Victoria, para que el siguiente deleite sean unos churros de Pablo Pepas y a unas cuadras llegar por la caguama preparada.

De ahí se debe manejar al Michoacán de Ocampo para llegar a las carnitas y por lo menos bailar un par de canciones para bajar la comida.

Ya de regreso en la ciudad y para hacer tiempo antes de la cena hay que llegar por un par de cervezas a Amante, justo en el corazón de la colonia Nueva.

Para cerrar el primer día de recorrido cachanilla cenaríamos en Su Sushi con Kim, para que supiera que aunque Jiro y su sushi (en Japón y su favorito) nos quedan lejos, aquí tenemos a un maravilloso coreano que prepara sushi de nivel mundial.

El segundo día de recorrido empezaría con un desayunito de Doña Pera en el Ahualuco, donde a nadie he visto salir sin sobarse la panza.

De snack hay que parar por un coco ya sea frente al seminario o en el parque Cri-Crí, que tenga de todo y harto chamoy.

Para comer no puede faltar la comida china, pero iríamos al Imperial Garden por un pollo mongol y espárragos salpimienta.

Para matar la tarde habría que ir por unos tequilas al Heidelberg, sin que falte el pan de cerveza y algún marisco de botana.

Y ya de despedida, hay que pasar por un elote a la Zaragoza a un lado del Calimax, encuentro fabuloso abandonar la ciudad todavía batallando con los pedacitos de elote entre los dientes.

Ese hubiera sido mi recorrido y ¿saben?, estoy segura le hubiera encontrado encanto a mi rancho. Mi querido lector, si no conoces a Anthony búscale en internet o en sus libros. Nos hacen falta más personajes como él, que nos hagan apreciar y disfrutar la vida, que nos hagan explorar la maravilla de lo que nos rodea.

*Mexicalense, comunicóloga e historiadora por la UABC, voz de radio en Los 40 Mexicali y directora de Punto 56 Centro de Estudios Fotográficos.


Escribir sobre comida nunca de los nunca estuvo en mis planes, simplemente pasó y viene pasando desde hace más de dos años. Comer, no comer o qué comer, nunca ha sido un proceso sencillo para mí. Mis primeros años de juventud fueron de poca comida y miedo a ser gorda, por lo que la lechuga y la pechuga de pollo eran mis únicas fuentes de energía.

Pero como no hay mal que dure 100 años, pasaron cosas en la vida que fueron totalmente fortuitas y me cambiaron para siempre.

No sé si ustedes tienen la edad suficiente para recordar que el inicio de los dos miles fue fascinante, los noventa habían dejado atrás el estrés de la guerra fría, sobrevivimos al Y2K y el enésimo posible fin del mundo. El internet empezaba a ser parte de nuestra vida y nos imaginábamos usándolo para intercambiar información y experiencias con personas de todas partes del planeta, también para trabajar lejos de oficinas y por fin ser parte de un mundo más unido, global y multicultural. Sí que fuimos inocentes.

En aquéllos años la música pasaba por un momento único, la electrónica (no imaginen solo raves y glowsticks), estaba produciendo los sonidos más maravillosos y San Francisco en California era uno de los epicentros mundiales. Aunque parezca anécdota de la tía Karina, debo agregar que además tomar un avión al área de la bahía era baratísimo: Pagábamos 80 dólares por viaje redondo y así podíamos ir a pequeños conciertos con los nerds más creativos de la escena musical, pasear por el SFMOMA y comprar música en Amoeba, la tienda de discos que sobrevive y sigue siendo un sueño.

La fortuna puso en mi camino a dos personas bellísimas: José un inmigrante cubano, y Ana, una mexicana radicada en esos rumbos desde hacía tiempo. Con ellos descubrí que comer era una aventura y pasar un fin de semana con ellos significaba probar comida vietnamita, desayunar huevos benedictinos con algún tocino añejo y tomar café recién colado en el Atlas, el pequeño restaurante a donde pasaba Tracy Chapman casi todos los días. Para José y Ana no importaba si teníamos que manejar 1 hora para llegar a un lugar genial de comida o esperar a que nos sirvieran, pero cada platillo era siempre una experiencia y lo mismo íbamos a lugares elegantes que a pequeños comedores en casas donde se servía comida estilo sureño.

Tras dos viajes con su guía yo entendí que comer era algo bonito y que no se trataba de comer hasta reventar o de no disfrutar la comida, sino el principio de sentarse, compartir la mesa, compartir historias y alimentar el espíritu y los lazos.

Ellos me contaron de Anthony Bourdain, un chef que había escrito un libro genial de lo que era la vida en las cocinas, pero la verdad es que olvidé el dato.

Algunos años después picando el control de la tv me topé con un programa de viajes, lo conducía un hombre flaco, gringo, rockero, la guerra los había sorprendido en su viaje a Beirut, fueron sacados de ahí en un portaaviones y con lágrimas habló de lo que significaba volver a probar la comida de casa, aunque fuera sencilla. El programa terminaba con él mirando al horizonte, sopesando si la belleza humana algún día podría eclipsar a la maldad de muchos, su respuesta fue un no, era normal, aún estaba en medio de los horrores de la guerra.

Por supuesto que quedé prendida de ese contador de historias y en esos años pre youtube y Netflix, los sábados se volvieron días sagrados: En cable pasaban dos episodios.

De la mano de Anthony entendí esa curada de querer comerse la vida, su slogan era: "I travel, I eat, and I am hungry for more". Con sus recorridos aprendí tanto, incluso él me enseñó la belleza de la comida mexicana y el hermoso valor de las mujeres que preparan la comida con las manos, para después no sólo alimentar estómagos, sino entregar parte de su corazón con cada bocado.

Justo en mi proceso de ser su fan fatal (nadie podía ni siquiera pensar en que yo un sábado me alejara de la tv, aunque repitieran episodio) fui diagnosticada con cáncer y con ese proceso terminé de enamorarme de estar viva y querer disfrutarla al tope a pesar de todo, a pesar de cualquier cosa. Me hice una promesa: Si la enfermedad volvía yo no iba a tener pendientes con la vida, por fin estaba hambrienta de todo.

Esa hambre me llevó a leerle, escucharle y después compartir mi amor por las historias con comida, primero con mis amigos, después con todos ustedes.

El viernes 8 de junio desperté con más mensajes de lo regular en mi celular y uno tras otro eran lo mismo: Amigos que me daban el pésame por la muerte de Anthony y además a causa de suicidio.

Nunca antes en mi vida había sentido ese dolor por alguien que no conocía, lloré, lo confieso y mientras escribo esta colaboración vuelvo a hacerlo, porque sé que las palabras no me van a alcanzar para transmitirles lo que ese hombre nos enseñó a quienes lo leímos, a quienes lo escuchamos.

He pensado mucho en por qué fuimos tantos los que lo admirábamos y es que no era porque viajaba, ni porque cocinaba, ni porque era a veces cínico y siempre rockero. Bourdain nos contó historias de otros humanos, nos llevó a las fronteras, nos enseñó qué comen las personas a diario, nos hizo entender los tacos, el arroz frito y el valor de agradecer toda la herencia contenida en cada plato. Anthony hizo un trabajo precioso y es que se fue por el mundo poniéndonos espejos, mostrándonos que había más belleza y nobleza de la que estábamos dispuestos a reconocer. Con él aprendimos que lo diferente no es malo, ni ajeno.

Cada año Anthony pedía a gente alrededor del mundo que le mandara videos convenciéndole de por qué debía visitar y hacer un programa en su ciudad o pueblo. Obvio pensé que debía invitarlo a Mexicali, pero nunca me animé a mandar un video. De todas maneras hice mi ruta y hoy quiero cerrar mi colaboración mensual con la guía a la que llevaría a Anthony y claro debía ser en verano, para que aprendiera a amar a mi ciudad como se debe: Con el sol a media cuadra.

El día debe empezar en el Café Victoria en el Centro de la Ciudad, donde la ley es el café con leche y el bisquet calientito con mantequilla.

De ahí hay que agarrar carretera al Guadalupe Victoria, para que el siguiente deleite sean unos churros de Pablo Pepas y a unas cuadras llegar por la caguama preparada.

De ahí se debe manejar al Michoacán de Ocampo para llegar a las carnitas y por lo menos bailar un par de canciones para bajar la comida.

Ya de regreso en la ciudad y para hacer tiempo antes de la cena hay que llegar por un par de cervezas a Amante, justo en el corazón de la colonia Nueva.

Para cerrar el primer día de recorrido cachanilla cenaríamos en Su Sushi con Kim, para que supiera que aunque Jiro y su sushi (en Japón y su favorito) nos quedan lejos, aquí tenemos a un maravilloso coreano que prepara sushi de nivel mundial.

El segundo día de recorrido empezaría con un desayunito de Doña Pera en el Ahualuco, donde a nadie he visto salir sin sobarse la panza.

De snack hay que parar por un coco ya sea frente al seminario o en el parque Cri-Crí, que tenga de todo y harto chamoy.

Para comer no puede faltar la comida china, pero iríamos al Imperial Garden por un pollo mongol y espárragos salpimienta.

Para matar la tarde habría que ir por unos tequilas al Heidelberg, sin que falte el pan de cerveza y algún marisco de botana.

Y ya de despedida, hay que pasar por un elote a la Zaragoza a un lado del Calimax, encuentro fabuloso abandonar la ciudad todavía batallando con los pedacitos de elote entre los dientes.

Ese hubiera sido mi recorrido y ¿saben?, estoy segura le hubiera encontrado encanto a mi rancho. Mi querido lector, si no conoces a Anthony búscale en internet o en sus libros. Nos hacen falta más personajes como él, que nos hagan apreciar y disfrutar la vida, que nos hagan explorar la maravilla de lo que nos rodea.

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