/ sábado 10 de agosto de 2019

Islam, religión que crece en BC

Alá se ha convertido en la guía espiritual de cientos de extranjeros, deportados y mexicanos

Los primeros hombres que arriban a la mezquita en Playas de Tijuana para la oración del viernes llegan de Nueva York. Sonríen y saludan cuando bajan del vehículo, aunque no hablan español. Su acento árabe cuando hablan inglés, y el perfil de su rostro, confirman su raíz en Oriente.

Algunos se sientan en las escaleras de la entrada para esperar la hora, mientras detrás de los cristales oscuros, una mujer alta y delgada de cara redonda vistiendo hiyab, uno de los tradicionales velos para musulmanas, ya barrió el polvo.

No pasa mucho tiempo y llega un amable treintañero regordete de barba tupida y cabeza a rape extendiendo la mano para saludar al resto.

-Salam, se dicen unos a otros deseándose paz, y el recién llegado hace preguntas en un perfecto español; también parece que es la primera vez que está allí.

Así crece el grupo y cuando rezan la Yumu’ah ya son medio centenar, entre ellos algunos haitianos, la comunidad que hace unos dos años se acopló a esta ciudad de migrantes.

Omar Amaya, el imam o líder del Centro Islámico de Baja California Masjid Omar, donde se da la reunión, dice que es habitual recibir a unos 60 musulmanes, pero en algunas celebraciones suman hasta 500 en Tijuana y Playas de Rosarito.

Afirma que es constante el paso de extranjeros como en cualquier otra mezquita del mundo, y estima que hay más de 500 residentes de Baja California convertidos al islam.

Explica que acuden a cualquiera de los cuatro puntos para orar que hay en ambos municipios, y adelanta que está en proceso de construcción uno más para sumar cinco, tres de ellos en Tijuana.

El Panorama de las religiones en México, realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), con el censo del 2010 que será actualizado el próximo año, consigna que en ese entonces había 190 personas que profesaban el islam en Baja California.

El mismo instituto en su reporte La diversidad religiosa en México, con datos del año 2000, contabilizó a menos de mil 500 mexicanos con fe islámica, y afirmó que esta religión era la más difundida en el mundo después del cristianismo.

La mezquita en Playas de Tijuana existe desde 2013, Omar tiene año y medio allí, y parece confirmar que los números crecen, aunque ser musulmán no sea fácil desde hace un tiempo.

Menos para quienes hacen su vida diaria entre México y Estados Unidos, como es habitual entre los residentes y nacidos en Tijuana o del lado norteamericano.

“Los detienen cada que cruzan”, comenta Omar Amaya tras dirigir la Yumu’ah. Él nació en Aguascalientes, tuvo padres católicos y se convirtió al islam hace doce años luego de buscar en el budismo y el hinduismo.

“Hasta a mí en los sobrerruedas me han molestado con mi esposa. Vienen y me dicen: vete de aquí, vete a tu país. Soy mexicano, ¿a dónde me voy? Y otras personas respeto, no tienen problemas. Pero sí hay mucha curiosidad”, menciona.

El problema para quienes cruzan seguido la siempre vigilada frontera entre Tijuana y San Diego, es cuando no llaman la atención por su antiquísimo sistema de tradiciones y creencias sobre Dios, sobre el propósito de la vida o sobre la muerte, sino por el concepto de terrorismo.

Mientras el imam platica la mezquita se va vaciando y los asistentes se despiden como viejos conocidos. Para entonces las mujeres ya bajaron del piso superior, donde oraron por separado detrás de unas delgadas cortinas claras.

No se puede fotografiar a las mujeres, advirtió el mismo Omar tras aceptar la entrevista cuando llegó a la entrada de la mezquita donde el resto de musulmanes lo esperaban.

Musulmanes como Julio, un tijuanense corpulento de voz hueca que suelta a borbotones un español marcadamente anglosajón, y con ella pide omitir su nombre original, también que no le tomen fotografías que lo identifiquen.

“Me está afectando mental, físicamente”, comenta a mitad de un parque público donde habla con soltura, aunque con un aire de nerviosismo que parece intrínseco.

Cuenta que lo llevaron a Estados Unidos cuando tenía nueve meses de edad, comenzó a practicar el islam en 2011 y lo deportaron hace siete años porque nunca regularizó su situación migratoria.

No lleva barba y tampoco viste la ropa tradicional porque asegura que desde 2014 lo molestan autoridades norteamericanas y mexicanas argumentando que colabora con algún grupo extremista.

En diciembre del 2018 acudió a la Comisión Nacional de Derechos (CNDH), por lo que considera un hostigamiento que ha trastocado su vida cotidiana.

“He tenido la necesidad de ir con sicólogo porque tengo mucho temor, tuve que dejar un buen tiempo a mi familia, vender mi negocio”, dice en el documento al que El sol de Tijuana tuvo acceso.

El diagnóstico de esa revisión médica dice que Julio mostró un alto nivel de ansiedad, trastorno del sueño, tendencia a los sobresaltos y tiene conciencia de su problema.

El psicólogo evaluador sugirió entre otras cosas “dar solución legal y jurídica al asunto detonante”, y eso es justamente lo que pide Julio.

“Yo soy mexicano, no tengo nada que ver con Estados Unidos ya. Quiero que mi gobierno me proteja, que haga algo (…) Ya no sé qué hacer. Nada más quiero que me dejen en paz, volver con mi familia, es todo lo que yo quiero”, subraya.

Una presión similar dice vivir Gabriel Oropeza Gutiérrez, que nació en Chula Vista, California, aunque creció en Tijuana.

Aunque para él parece común que lo detengan cuando cruza la frontera con Estados Unidos, y ríe como diciendo que trata de no tomarlo tan en serio porque no tiene pendientes.

Sentado en las gradas de un campo de beisbol al terminar la oración del viernes en Playas de Tijuana, dice que no teme dar su nombre porque cuando hace pública la presión ésta disminuye o desaparece por algún tiempo.

“Llegó el momento en que me detuvieron completamente, me pusieron las esposas, me sacaron fotografías en diferentes lugares”, asegura.

Con la imagen de la muerte tatuada en el brazo derecho cuenta sin problema que estuvo preso en Estados Unidos por delitos federales, pero no cree que eso origine las revisiones constantes de su gobierno.

Menciona que sus antecedentes penales son de principios de la década del 2000, y las revisiones en la frontera vienen desde el 2015, cuando encontró en el islam respuestas a sus preguntas religiosas.

“Yo no había recibido esta clase de trato como persona”, dice el futuro padre de familia con 34 años de edad que sí usa barba larga, uno de los símbolos asociados a la estricta cultura musulmana.

Eso sí, Gabriel Oropeza piensa que justamente por ser nacido en Estados Unidos, la presión en su contra no pasa a mayores como para quedar detenido arbitrariamente.

“No tengo nada en contra de cualquier persona que me ha investigado, cualquier agencia gubernamental (…) Quieren estar al tanto de todo, y que estén, pero que no se metan con uno. No sé a qué nivel llegan sus investigaciones, donde creo que se pasan, se pasaron o se han pasado”, comenta.

Pero Julio no tiene esa calma que le piden sus amigos, otros le recomiendan orar, y aunque teme mostrar abiertamente sus creencias, no piensa dejar su religión.

“Dicen que me vaya a presentar con ellos a entrevistarme. Primero dicen que voy a bombardearlos, ahora me invitan a que vaya a visitarlos”, cuenta.

También está seguro de que el suyo no es un tema personal, sino uno cargado de ideologías, de la cultura del miedo, de racismo e intolerancia religiosa.

Evidentemente esto creció desde el 11 de septiembre en Nueva York, dice Omar Omaya, y ahora que abundan en el mundo los canales para informarse, pero también la desinformación, no duda en acusar la responsabilidad de los medios de comunicación.

Rápidamente contesta que la intolerancia “va creciendo”, aunque su fe lo sostiene en la idea de que la doctrina de siempre alabar y someterse a Alá seguirá atrayendo a las personas en distintas partes del mundo.

Un antiguo sabio dijo que los extremos son malos por exceso y por defecto, cosa de equilibrio.

El Centro Islámico de Baja California Masjid Omar abrió sus puertas en 2013. Hoy funcionan dos espacios en Playas de Rosarito, otros dos en Tijuana y hay uno más en construcción en esta misma ciudad

El Panorama de las religiones en México realizado por el Inegi con el censo del 2010, que será actualizado el próximo año, dice que en ese entonces había 190 personas que profesaban el islam en Baja California

CONVERTIDOS

Omar Amaya, imam del Centro Islámico Masjid Omar en Playas de Tijuana, estima que hoy son más de 500 bajacalifornianos convertidos al Islam

DISCRIMINACIÓN

Omar Amaya dice que es común recibir extranjeros y que los fronterizos sean enviados a segunda revisión cuando cruzan la garita Tijuana-San Diego, una situación que confirman algunos musulmanes.

Los primeros hombres que arriban a la mezquita en Playas de Tijuana para la oración del viernes llegan de Nueva York. Sonríen y saludan cuando bajan del vehículo, aunque no hablan español. Su acento árabe cuando hablan inglés, y el perfil de su rostro, confirman su raíz en Oriente.

Algunos se sientan en las escaleras de la entrada para esperar la hora, mientras detrás de los cristales oscuros, una mujer alta y delgada de cara redonda vistiendo hiyab, uno de los tradicionales velos para musulmanas, ya barrió el polvo.

No pasa mucho tiempo y llega un amable treintañero regordete de barba tupida y cabeza a rape extendiendo la mano para saludar al resto.

-Salam, se dicen unos a otros deseándose paz, y el recién llegado hace preguntas en un perfecto español; también parece que es la primera vez que está allí.

Así crece el grupo y cuando rezan la Yumu’ah ya son medio centenar, entre ellos algunos haitianos, la comunidad que hace unos dos años se acopló a esta ciudad de migrantes.

Omar Amaya, el imam o líder del Centro Islámico de Baja California Masjid Omar, donde se da la reunión, dice que es habitual recibir a unos 60 musulmanes, pero en algunas celebraciones suman hasta 500 en Tijuana y Playas de Rosarito.

Afirma que es constante el paso de extranjeros como en cualquier otra mezquita del mundo, y estima que hay más de 500 residentes de Baja California convertidos al islam.

Explica que acuden a cualquiera de los cuatro puntos para orar que hay en ambos municipios, y adelanta que está en proceso de construcción uno más para sumar cinco, tres de ellos en Tijuana.

El Panorama de las religiones en México, realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), con el censo del 2010 que será actualizado el próximo año, consigna que en ese entonces había 190 personas que profesaban el islam en Baja California.

El mismo instituto en su reporte La diversidad religiosa en México, con datos del año 2000, contabilizó a menos de mil 500 mexicanos con fe islámica, y afirmó que esta religión era la más difundida en el mundo después del cristianismo.

La mezquita en Playas de Tijuana existe desde 2013, Omar tiene año y medio allí, y parece confirmar que los números crecen, aunque ser musulmán no sea fácil desde hace un tiempo.

Menos para quienes hacen su vida diaria entre México y Estados Unidos, como es habitual entre los residentes y nacidos en Tijuana o del lado norteamericano.

“Los detienen cada que cruzan”, comenta Omar Amaya tras dirigir la Yumu’ah. Él nació en Aguascalientes, tuvo padres católicos y se convirtió al islam hace doce años luego de buscar en el budismo y el hinduismo.

“Hasta a mí en los sobrerruedas me han molestado con mi esposa. Vienen y me dicen: vete de aquí, vete a tu país. Soy mexicano, ¿a dónde me voy? Y otras personas respeto, no tienen problemas. Pero sí hay mucha curiosidad”, menciona.

El problema para quienes cruzan seguido la siempre vigilada frontera entre Tijuana y San Diego, es cuando no llaman la atención por su antiquísimo sistema de tradiciones y creencias sobre Dios, sobre el propósito de la vida o sobre la muerte, sino por el concepto de terrorismo.

Mientras el imam platica la mezquita se va vaciando y los asistentes se despiden como viejos conocidos. Para entonces las mujeres ya bajaron del piso superior, donde oraron por separado detrás de unas delgadas cortinas claras.

No se puede fotografiar a las mujeres, advirtió el mismo Omar tras aceptar la entrevista cuando llegó a la entrada de la mezquita donde el resto de musulmanes lo esperaban.

Musulmanes como Julio, un tijuanense corpulento de voz hueca que suelta a borbotones un español marcadamente anglosajón, y con ella pide omitir su nombre original, también que no le tomen fotografías que lo identifiquen.

“Me está afectando mental, físicamente”, comenta a mitad de un parque público donde habla con soltura, aunque con un aire de nerviosismo que parece intrínseco.

Cuenta que lo llevaron a Estados Unidos cuando tenía nueve meses de edad, comenzó a practicar el islam en 2011 y lo deportaron hace siete años porque nunca regularizó su situación migratoria.

No lleva barba y tampoco viste la ropa tradicional porque asegura que desde 2014 lo molestan autoridades norteamericanas y mexicanas argumentando que colabora con algún grupo extremista.

En diciembre del 2018 acudió a la Comisión Nacional de Derechos (CNDH), por lo que considera un hostigamiento que ha trastocado su vida cotidiana.

“He tenido la necesidad de ir con sicólogo porque tengo mucho temor, tuve que dejar un buen tiempo a mi familia, vender mi negocio”, dice en el documento al que El sol de Tijuana tuvo acceso.

El diagnóstico de esa revisión médica dice que Julio mostró un alto nivel de ansiedad, trastorno del sueño, tendencia a los sobresaltos y tiene conciencia de su problema.

El psicólogo evaluador sugirió entre otras cosas “dar solución legal y jurídica al asunto detonante”, y eso es justamente lo que pide Julio.

“Yo soy mexicano, no tengo nada que ver con Estados Unidos ya. Quiero que mi gobierno me proteja, que haga algo (…) Ya no sé qué hacer. Nada más quiero que me dejen en paz, volver con mi familia, es todo lo que yo quiero”, subraya.

Una presión similar dice vivir Gabriel Oropeza Gutiérrez, que nació en Chula Vista, California, aunque creció en Tijuana.

Aunque para él parece común que lo detengan cuando cruza la frontera con Estados Unidos, y ríe como diciendo que trata de no tomarlo tan en serio porque no tiene pendientes.

Sentado en las gradas de un campo de beisbol al terminar la oración del viernes en Playas de Tijuana, dice que no teme dar su nombre porque cuando hace pública la presión ésta disminuye o desaparece por algún tiempo.

“Llegó el momento en que me detuvieron completamente, me pusieron las esposas, me sacaron fotografías en diferentes lugares”, asegura.

Con la imagen de la muerte tatuada en el brazo derecho cuenta sin problema que estuvo preso en Estados Unidos por delitos federales, pero no cree que eso origine las revisiones constantes de su gobierno.

Menciona que sus antecedentes penales son de principios de la década del 2000, y las revisiones en la frontera vienen desde el 2015, cuando encontró en el islam respuestas a sus preguntas religiosas.

“Yo no había recibido esta clase de trato como persona”, dice el futuro padre de familia con 34 años de edad que sí usa barba larga, uno de los símbolos asociados a la estricta cultura musulmana.

Eso sí, Gabriel Oropeza piensa que justamente por ser nacido en Estados Unidos, la presión en su contra no pasa a mayores como para quedar detenido arbitrariamente.

“No tengo nada en contra de cualquier persona que me ha investigado, cualquier agencia gubernamental (…) Quieren estar al tanto de todo, y que estén, pero que no se metan con uno. No sé a qué nivel llegan sus investigaciones, donde creo que se pasan, se pasaron o se han pasado”, comenta.

Pero Julio no tiene esa calma que le piden sus amigos, otros le recomiendan orar, y aunque teme mostrar abiertamente sus creencias, no piensa dejar su religión.

“Dicen que me vaya a presentar con ellos a entrevistarme. Primero dicen que voy a bombardearlos, ahora me invitan a que vaya a visitarlos”, cuenta.

También está seguro de que el suyo no es un tema personal, sino uno cargado de ideologías, de la cultura del miedo, de racismo e intolerancia religiosa.

Evidentemente esto creció desde el 11 de septiembre en Nueva York, dice Omar Omaya, y ahora que abundan en el mundo los canales para informarse, pero también la desinformación, no duda en acusar la responsabilidad de los medios de comunicación.

Rápidamente contesta que la intolerancia “va creciendo”, aunque su fe lo sostiene en la idea de que la doctrina de siempre alabar y someterse a Alá seguirá atrayendo a las personas en distintas partes del mundo.

Un antiguo sabio dijo que los extremos son malos por exceso y por defecto, cosa de equilibrio.

El Centro Islámico de Baja California Masjid Omar abrió sus puertas en 2013. Hoy funcionan dos espacios en Playas de Rosarito, otros dos en Tijuana y hay uno más en construcción en esta misma ciudad

El Panorama de las religiones en México realizado por el Inegi con el censo del 2010, que será actualizado el próximo año, dice que en ese entonces había 190 personas que profesaban el islam en Baja California

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