/ domingo 8 de julio de 2018

Testigo de la campaña de un no político... 90 días en campaña con José Antonio Meade

En las giras del candidato de Todos por México hubo de todo, desde botargas hasta llenos en la Arena México

En el pasado proceso electoral, los reporteros que cubrieron las actividades de los tres principales candidatos a la Presidencia de la República fueron testigos privilegiados. Aquí nos cuentan en primera persona lo que padecieron y gozaron; lo mismo sufrieron los rigores e incomodidades de largas giras y actos multitudinarios, que vivieron por primera vez la experiencia de contar a los demás cómo se desarrollaba esta campaña, que resultó para ellos, única e irrepetible.

La idea de ver a José Antonio Meade Kuribreña como político me llamó la atención, y acepté sin remordimiento seguirlo por México mientras trataba de convencer al país de que contaba con el mejor proyecto de gobierno para los próximos seis años.

Al momento de tomar la oportunidad de perseguir al candidato de la coalición Todos por México y estar en sus mítines, recordé lo vivido en 1994, cuando nos llevaron con torta y frutsi en mano a mirar a Ernesto Zedillo, quien llegó a Santiago de Anaya, Hidalgo, un municipio muy cerca del pueblo donde viví por 15 años. Fue mi primer acercamiento con un futuro presidente. Ahora las circunstancias fueron otras.

Te recomendamos: En voz de los reporteros, así fueron los 90 días en campaña con AMLO, Anaya y Meade

Nunca dudé en ir a buscar y encontrar los hechos y momentos del sueño presidencial del exsecretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP). Esos 90 días de campaña no los esperaba al inicio del año, ni siquiera imaginé estar un día junto al mar del Caribe y al otro volando al desierto, en ver plazas llenas, como la de Toros de Pachuca, con puros militantes priistas.

En los días previos al arranque — en Mérida, Yucatán, hasta donde se desplazó la alegría y el amor de su esposa, Juana Cuevas, quien siempre puso ese toque jovial y de fuerza a la campaña, y fundió su apoyo en un gran abrazo—; pasé por la librería Porrúa de la Alameda, en donde compré un texto escrito por Enrique Ochoa Reza y, junto con otro libro sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio y unas revistas, lo eché en la mochila que usé en todos los viajes de campaña. Quería conocer algo más de lo que vería en los siguientes 90 días. No logré leer nada por los viajes de madrugada y noche, sólo daba tiempo para dormir lo suficiente para estar listo.

En los inicios de la campaña las ganas y la energía sobraban; viajaba solo y veía cómo se alejaban las camionetas blancas con los compañeros del resto de los medios de comunicación, especialmente con tres colegas (Marco, Arturo y Género) del Canal 11 con quienes después hice amistad y compartimos momentos de efervescencia política.


Los días pasaron y los viajes eran maratónicos. El abanderado siempre viajaba con sus tres confidentes, amigos y animadores: Alejandro Cossío, coordinador de giras; Arturo Téllez Yurén, coordinador de Fiscalización de la campaña, y Emilio Fueyo Saldaña, creador de los discursos. Además, ellos eran los que le abrían paso entre la multitud.

Pepe Meade, como lo llaman sus amigos, mostraba siempre ganas, ímpetu, y hasta aprendió a tomarse selfies con los militantes que llegaban a sus eventos, como el de San Pedro de las Playas, Guerrero, donde en el día de plaza, el agua fresca de sandía sabía a gloria. O los sopes, que no los disfrutaba así desde hace más de 20 años cuando me los servía mi abuela.

Fue gratificante estar detrás del abanderado del PRI, porque se comía y deleitaba desde un rico panucho, una corte de carne o hasta un burrito del Oxxo. Aunque claro que hubo veces en que no daba tiempo ni para echarse un taco hasta el último evento del día.

El candidato dada discursos y mensajes y su equipo organizaba la gira; su gente de prensa enviaba a través del whatsapp un mapa de la República Mexicana con estados iluminados. Ahí empezaba la batalla por encontrar el detalle de en qué ciudad estaría, porque no precisaban. Había días que los traslados eran de madrugada, pero valía la pena la desvelada por el hecho de estar en la mañana en un lugar diferente a la Ciudad de México.

Los días pasaban y todos buscamos métodos para combatir el cansancio. El candidato dormía profundamente en los asientos de la clase turista de los aviones. Despertaba para leer su manual y las frases claves de Avanzar Contigo, esa estrategia que buscaba darle una viabilidad a la vida de los mexicanos.

Las desveladas me hacían extrañar esas mañanas cuando dormía hasta las ocho. Había días que llegaba a las 12 de la noche y tenía que estar listo a las 4 o 5 de la mañana para volar a cualquier ciudad del país. Las pláticas con los compañeros de la fuente siempre versaban sobre si Meade realmente iba en tercer lugar y sobre su equipo de seguridad que nos impedía acercarnos a cuestionarlo.

Las estrategias para atraer la atención del electorado se sucedían, por ejemplo, en una ocasión, en el aeropuerto de Manzanillo, fue uno de los últimos pasajeros en abordar tras saludar de mano a cada uno de los que ahí viajaban; en Ixtapaluca, Estado de México, apareció una botarga arropada por militantes del Movimiento Antorchista. Aquel día Meade les solicitó frenar a AMLO. En Morelos estuvo fugazmente el SuperPRI, o en Querétaro y en otros estados Los Chepes, esos jóvenes cuya misión era animar a los asistentes, aunque hacia el final de la campaña ya no salían a escena.

Una sorpresa para mi, que ocasionalmente voy los viernes a la Arena México, fue que ni Místico ni Atlantis ni el Negro Casas lograron lo que hizo José Antonio Meade: llenar ese templo de la lucha libre. Convocados por el Partido Nueva Alianza llegaron miles y miles de profesores del SNTE. Ese día nos dieron acceso a las gradas cómodas donde había chilaquiles, pan y refrescos gratis.

Entonces se dio el cambio. Por primera vez se vio al candidato con una chamarra color rojo priista, aunque sin el logo del partido, y les pidió a sus simpatizantes salir a la calle a jugársela a muerte para frenar las visiones autoritarias. Ese día de relanzamiento, Meade saltó a las gradas para tocar la batucada junto a René Juárez Cisneros, el nuevo presidente del PRI, quien lo acompañó hasta final de la campaña.

Pero las cosas ya no iban bien. Entre quienes cubríamos la campaña,y creo que también entre el equipo del candidato, se sentía que las cosas ya pintaban para otro lado. Saltillo, que fue la última ciudad visitada en campaña, arropó a Meade, pero la banda musical que le llevaron sus organizadores nadie la vio.


En el pasado proceso electoral, los reporteros que cubrieron las actividades de los tres principales candidatos a la Presidencia de la República fueron testigos privilegiados. Aquí nos cuentan en primera persona lo que padecieron y gozaron; lo mismo sufrieron los rigores e incomodidades de largas giras y actos multitudinarios, que vivieron por primera vez la experiencia de contar a los demás cómo se desarrollaba esta campaña, que resultó para ellos, única e irrepetible.

La idea de ver a José Antonio Meade Kuribreña como político me llamó la atención, y acepté sin remordimiento seguirlo por México mientras trataba de convencer al país de que contaba con el mejor proyecto de gobierno para los próximos seis años.

Al momento de tomar la oportunidad de perseguir al candidato de la coalición Todos por México y estar en sus mítines, recordé lo vivido en 1994, cuando nos llevaron con torta y frutsi en mano a mirar a Ernesto Zedillo, quien llegó a Santiago de Anaya, Hidalgo, un municipio muy cerca del pueblo donde viví por 15 años. Fue mi primer acercamiento con un futuro presidente. Ahora las circunstancias fueron otras.

Te recomendamos: En voz de los reporteros, así fueron los 90 días en campaña con AMLO, Anaya y Meade

Nunca dudé en ir a buscar y encontrar los hechos y momentos del sueño presidencial del exsecretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP). Esos 90 días de campaña no los esperaba al inicio del año, ni siquiera imaginé estar un día junto al mar del Caribe y al otro volando al desierto, en ver plazas llenas, como la de Toros de Pachuca, con puros militantes priistas.

En los días previos al arranque — en Mérida, Yucatán, hasta donde se desplazó la alegría y el amor de su esposa, Juana Cuevas, quien siempre puso ese toque jovial y de fuerza a la campaña, y fundió su apoyo en un gran abrazo—; pasé por la librería Porrúa de la Alameda, en donde compré un texto escrito por Enrique Ochoa Reza y, junto con otro libro sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio y unas revistas, lo eché en la mochila que usé en todos los viajes de campaña. Quería conocer algo más de lo que vería en los siguientes 90 días. No logré leer nada por los viajes de madrugada y noche, sólo daba tiempo para dormir lo suficiente para estar listo.

En los inicios de la campaña las ganas y la energía sobraban; viajaba solo y veía cómo se alejaban las camionetas blancas con los compañeros del resto de los medios de comunicación, especialmente con tres colegas (Marco, Arturo y Género) del Canal 11 con quienes después hice amistad y compartimos momentos de efervescencia política.


Los días pasaron y los viajes eran maratónicos. El abanderado siempre viajaba con sus tres confidentes, amigos y animadores: Alejandro Cossío, coordinador de giras; Arturo Téllez Yurén, coordinador de Fiscalización de la campaña, y Emilio Fueyo Saldaña, creador de los discursos. Además, ellos eran los que le abrían paso entre la multitud.

Pepe Meade, como lo llaman sus amigos, mostraba siempre ganas, ímpetu, y hasta aprendió a tomarse selfies con los militantes que llegaban a sus eventos, como el de San Pedro de las Playas, Guerrero, donde en el día de plaza, el agua fresca de sandía sabía a gloria. O los sopes, que no los disfrutaba así desde hace más de 20 años cuando me los servía mi abuela.

Fue gratificante estar detrás del abanderado del PRI, porque se comía y deleitaba desde un rico panucho, una corte de carne o hasta un burrito del Oxxo. Aunque claro que hubo veces en que no daba tiempo ni para echarse un taco hasta el último evento del día.

El candidato dada discursos y mensajes y su equipo organizaba la gira; su gente de prensa enviaba a través del whatsapp un mapa de la República Mexicana con estados iluminados. Ahí empezaba la batalla por encontrar el detalle de en qué ciudad estaría, porque no precisaban. Había días que los traslados eran de madrugada, pero valía la pena la desvelada por el hecho de estar en la mañana en un lugar diferente a la Ciudad de México.

Los días pasaban y todos buscamos métodos para combatir el cansancio. El candidato dormía profundamente en los asientos de la clase turista de los aviones. Despertaba para leer su manual y las frases claves de Avanzar Contigo, esa estrategia que buscaba darle una viabilidad a la vida de los mexicanos.

Las desveladas me hacían extrañar esas mañanas cuando dormía hasta las ocho. Había días que llegaba a las 12 de la noche y tenía que estar listo a las 4 o 5 de la mañana para volar a cualquier ciudad del país. Las pláticas con los compañeros de la fuente siempre versaban sobre si Meade realmente iba en tercer lugar y sobre su equipo de seguridad que nos impedía acercarnos a cuestionarlo.

Las estrategias para atraer la atención del electorado se sucedían, por ejemplo, en una ocasión, en el aeropuerto de Manzanillo, fue uno de los últimos pasajeros en abordar tras saludar de mano a cada uno de los que ahí viajaban; en Ixtapaluca, Estado de México, apareció una botarga arropada por militantes del Movimiento Antorchista. Aquel día Meade les solicitó frenar a AMLO. En Morelos estuvo fugazmente el SuperPRI, o en Querétaro y en otros estados Los Chepes, esos jóvenes cuya misión era animar a los asistentes, aunque hacia el final de la campaña ya no salían a escena.

Una sorpresa para mi, que ocasionalmente voy los viernes a la Arena México, fue que ni Místico ni Atlantis ni el Negro Casas lograron lo que hizo José Antonio Meade: llenar ese templo de la lucha libre. Convocados por el Partido Nueva Alianza llegaron miles y miles de profesores del SNTE. Ese día nos dieron acceso a las gradas cómodas donde había chilaquiles, pan y refrescos gratis.

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