/ lunes 25 de marzo de 2019

Sacan totoaba impunemente en San Felipe

En el puerto la pesca furtiva de totoaba y el tráfico de sus órganos no es un secreto a veces, se lleva a cabo ante la vista de todos.

En el puerto de San Felipe el sol apenas se oculta y el mar pareciera que cobra vida con el ir y venir de lanchas y camionetas todo terreno a la luz de luna, no son turistas sino traficantes de totoaba, la denominada cocaína del mar.

En el puerto habitado por unas 200 mil personas, la pesca y el tráfico de los órganos de la totoaba no es un secreto a voces sino una actividad que se lleva a cabo ante la vista de todos.

Se trata del pez endémico del Golfo de California prohibido para extraerse del mar desde 1975 pero que posee una vejiga natatoria –o buche- que es objeto del deseo en Estados Unidos y China donde se le reconoce como un alimento curativo e incluso como un efectivo potencializador sexual.



En San Felipe es por todos conocido que quien extrae totoaba recibe un pago de por lo menos 4 mil dólares por cada kilo de buche.

En una noche normal es sencillo notar la presencia de camionetas 4x4 que llevan lanchas o pangas a la orilla de la playa.

Ahí los pescadores furtivos ingresar al mar y la camioneta se retira; en cuestión de minutos vuelven a encontrarse y desde la lancha se traspasan mano a mano las totoabas que luego serán abiertas para extraerles el buche.

La actividad se mantiene hasta poco antes del amanecer y es notoria no solo por los habitantes para quienes ya es cotidiano sino también para los turistas que desde los hoteles perciben el ruido de los motores de las camionetas y las lanchas.

Durante la mañana basta con recorrer la playa para encontrarse restos de totoaba, ya sin el buche.



La vaquita, daño colateral

Los pescadores legalmente establecidos en San Felipe dedicados a la extracción de curvina, chano, camarón y otras especies tienen prohibido ingresar al mar desde el 2015 ya que el Gobierno federal decretó una veda para proteger a la vaquita marina, el único mamífero mexicano que está a punto de desaparecer.

La vaquita es el daño colateral del tráfico de totoaba, pues según especialistas las redes que utilizan los traficantes para capturar totoaba puede captar también al cétaceo del que se estima quedan menos de 20 ejemplares.

Para los pescadores con permiso legal la veda solo ha acrecentado la presencia de los traficantes de totoaba.

Ramón Franco Díaz, presidente de la Federación “Andrés Rubio Castro”, la restricción ha traído graves consecuencias al puerto cuya principal actividad económica es la pesca.

“Vemos con tristeza como la ilegalidad se agranda en el Mar de Cortés, no hay nadie quien les estorbe en el mar y ya se apoderaron de las zonas por donde pasa el producto que andan buscando, el sector legal está completamente olvidado”.

Lorenzo García Carrillo, presidente de la Federación de Cooperativas Pesqueras Ribereñas del Puerto de San Felipe, coincide en que la restricción a los pescadores legales solo elevó la presencia de los traficantes en las aguas del Alto Golfo de California que operan a plena luz del día.



“Nosotros sabemos que la pesca ilegal no se puede tapar con un dedo, existe y se mira todos los días, es muy notorio”.

Aunque en las aguas de San Felipe hay presencia de autoridades federales, la actividad de los pescadores furtivos parece desarrollarse de forma tranquila, sin contratiempos.


En el puerto de San Felipe el sol apenas se oculta y el mar pareciera que cobra vida con el ir y venir de lanchas y camionetas todo terreno a la luz de luna, no son turistas sino traficantes de totoaba, la denominada cocaína del mar.

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Se trata del pez endémico del Golfo de California prohibido para extraerse del mar desde 1975 pero que posee una vejiga natatoria –o buche- que es objeto del deseo en Estados Unidos y China donde se le reconoce como un alimento curativo e incluso como un efectivo potencializador sexual.



En San Felipe es por todos conocido que quien extrae totoaba recibe un pago de por lo menos 4 mil dólares por cada kilo de buche.

En una noche normal es sencillo notar la presencia de camionetas 4x4 que llevan lanchas o pangas a la orilla de la playa.

Ahí los pescadores furtivos ingresar al mar y la camioneta se retira; en cuestión de minutos vuelven a encontrarse y desde la lancha se traspasan mano a mano las totoabas que luego serán abiertas para extraerles el buche.

La actividad se mantiene hasta poco antes del amanecer y es notoria no solo por los habitantes para quienes ya es cotidiano sino también para los turistas que desde los hoteles perciben el ruido de los motores de las camionetas y las lanchas.

Durante la mañana basta con recorrer la playa para encontrarse restos de totoaba, ya sin el buche.



La vaquita, daño colateral

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