/ sábado 30 de mayo de 2020

Tutti frutti sabatini

VIENTOS

Por evidente, esta colaboración apunta al 528 aniversario del esplendoroso descubrimiento de un “nuevo mundo”, que en octubre del año en curso hará proseguir los antagonismos de un diálogo de siglos sobre la paternidad de tal maravilloso como accidental evento.

Durante la Edad Media, para los europeos el viajar por los mares conocidos no era algo extraño. Génova, Pisa, Venecia, ciudades italianas de indudable potencial progresista, ya seguían el curso marítimo heredado por los griegos y sobre sus huellas marcaban las gráficas novedosas de las cartas de navegación del Mediterráneo que llevaban y traían, en su pasión marítima, lo mejor de las culturas orientales que luego pudieron motejarse de “indeseables” como la pólvora de cañones y quizá la fundición de hierro que a la par de construir aperos de labranza, servían para hacer armas. Pero también importaron el “cero” desde la India; las sederías y las especies, las porcelanas, las perlas, el papel para imprimir, la tipografía movible que luego potenciaría Gutenberg; la carretilla y la burbuja desde China… en fin, larga la lista de efectos que luego los europeos depuraron en técnicas de manufacturas y estéticas que en casos especiales, como la cerámica, siguen en proceso de admiración mundial, sin advertir que tales avances eran como la premonición de un horizonte que describió la mitología constituyéndose en potenciales auxilios del encuentro con el “Mundo Nuevo”.

Colón había captado, según su propia historia, los estudios ptolemaicos y dicen los historiadores que de ellos extrajo la ruta hacia occidente, a las Indias, navegando en línea recta. Viaje que antes del amotinamiento, Juan de Triana alertó la ¡tierra! desde el palo-vigía de la nave capitana ante la isla de Guaraní. Bonita historia, pero no para consumo de la chiruza…

La época exploracionista que entre otros puntualizó el joven Marco Polo, no es singular: lo acompañarán sendos inquietos buscadores de lo nuevo como el italiano Giovanni de Plano Carpini o el noruego Willem van Rujsbroek.

Así se abrió el camino de expectativas, de sueños, de mitos, como el del escritor español Garci Rodríguez de Montalvo que con “Las sergas de Esplandián” imagina la isla de California, habitada por puras mujeres bellas y que es tierra de especies y oro y piedras preciosas, etcétera, bajo el reinado de la reina Calafia, que puebla su reino con eventuales raptos de varones y así desprende una historia de codicias propias del tiempo, pero en cierta forma existente, aunque se trate de un largo brazo de tierra que introduciéndose en el “Mar del Sur” estructura la península de Baja California… “a la diestra de las Indias…”.

No puedo resistir aquí y ahora la expresión del joven viajero terrestre Marco Polo que escribió: “Tras terminar estas tres jornadas se llega a la nobilísima y magnífica ciudad que por su excelencia, belleza e importancia llaman Quinsai, lo que en nuestro idioma significa, como antes dije, Ciudad del Cielo, y es ésta la mayor ciudad del mundo y en ella es posible gozar de tantos placeres y tan inacabables, que quien allí hace su entrada acaba por creer que se encuentra en el Paraíso”. ¿A qué placeres se referiría Marco Polo para imaginar el “Paraíso”?

La verdad es que la imaginería surca los siglos XV y XVI, pero atrás, en el siglos XIII, los navegantes nórdicos, los escandinavos precedieron a Colón en América y tal vez, solo tal vez, Quetzalcóatl era uno de ellos si de imaginería se trata…

Mientras tendríamos que preguntarnos hoy: ¿Cuál es nuestro futuro? Bueno, el de mis jóvenes lectores, porque mi futuro se pierde en las manecillas de mi reloj de pulso…


VIENTOS

Por evidente, esta colaboración apunta al 528 aniversario del esplendoroso descubrimiento de un “nuevo mundo”, que en octubre del año en curso hará proseguir los antagonismos de un diálogo de siglos sobre la paternidad de tal maravilloso como accidental evento.

Durante la Edad Media, para los europeos el viajar por los mares conocidos no era algo extraño. Génova, Pisa, Venecia, ciudades italianas de indudable potencial progresista, ya seguían el curso marítimo heredado por los griegos y sobre sus huellas marcaban las gráficas novedosas de las cartas de navegación del Mediterráneo que llevaban y traían, en su pasión marítima, lo mejor de las culturas orientales que luego pudieron motejarse de “indeseables” como la pólvora de cañones y quizá la fundición de hierro que a la par de construir aperos de labranza, servían para hacer armas. Pero también importaron el “cero” desde la India; las sederías y las especies, las porcelanas, las perlas, el papel para imprimir, la tipografía movible que luego potenciaría Gutenberg; la carretilla y la burbuja desde China… en fin, larga la lista de efectos que luego los europeos depuraron en técnicas de manufacturas y estéticas que en casos especiales, como la cerámica, siguen en proceso de admiración mundial, sin advertir que tales avances eran como la premonición de un horizonte que describió la mitología constituyéndose en potenciales auxilios del encuentro con el “Mundo Nuevo”.

Colón había captado, según su propia historia, los estudios ptolemaicos y dicen los historiadores que de ellos extrajo la ruta hacia occidente, a las Indias, navegando en línea recta. Viaje que antes del amotinamiento, Juan de Triana alertó la ¡tierra! desde el palo-vigía de la nave capitana ante la isla de Guaraní. Bonita historia, pero no para consumo de la chiruza…

La época exploracionista que entre otros puntualizó el joven Marco Polo, no es singular: lo acompañarán sendos inquietos buscadores de lo nuevo como el italiano Giovanni de Plano Carpini o el noruego Willem van Rujsbroek.

Así se abrió el camino de expectativas, de sueños, de mitos, como el del escritor español Garci Rodríguez de Montalvo que con “Las sergas de Esplandián” imagina la isla de California, habitada por puras mujeres bellas y que es tierra de especies y oro y piedras preciosas, etcétera, bajo el reinado de la reina Calafia, que puebla su reino con eventuales raptos de varones y así desprende una historia de codicias propias del tiempo, pero en cierta forma existente, aunque se trate de un largo brazo de tierra que introduciéndose en el “Mar del Sur” estructura la península de Baja California… “a la diestra de las Indias…”.

No puedo resistir aquí y ahora la expresión del joven viajero terrestre Marco Polo que escribió: “Tras terminar estas tres jornadas se llega a la nobilísima y magnífica ciudad que por su excelencia, belleza e importancia llaman Quinsai, lo que en nuestro idioma significa, como antes dije, Ciudad del Cielo, y es ésta la mayor ciudad del mundo y en ella es posible gozar de tantos placeres y tan inacabables, que quien allí hace su entrada acaba por creer que se encuentra en el Paraíso”. ¿A qué placeres se referiría Marco Polo para imaginar el “Paraíso”?

La verdad es que la imaginería surca los siglos XV y XVI, pero atrás, en el siglos XIII, los navegantes nórdicos, los escandinavos precedieron a Colón en América y tal vez, solo tal vez, Quetzalcóatl era uno de ellos si de imaginería se trata…

Mientras tendríamos que preguntarnos hoy: ¿Cuál es nuestro futuro? Bueno, el de mis jóvenes lectores, porque mi futuro se pierde en las manecillas de mi reloj de pulso…


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