/ martes 12 de junio de 2018

¿Y quién tiene los tamaños?

Vientos


Plinio el Viejo decía que “ningún gobierno es más aborrecido que aquel que más conviene al pueblo”. Este año los mexicanos vamos a confirmar esa sentencia cuando en octubre se celebre el 50 aniversario de una catástrofe social que se inició con un simple pleito de jovencitos secundarianos y fue aprovechado por líderes pseudo izquierdistas que lograron entrampar a México.

Era presidente de México el licenciado Gustavo Díaz Ordaz, un estadista y un guía enérgico que luego perdió el pueblo disfrazándolo de monstruo cuando se vio obligado a cumplir con el mandato constitucional de poner orden usando la coacción legal.

En octubre unos cuantos sobrevivientes de esa etapa dramática y una gran mayoría de alebrestados que hoy encuentran en el festejo sombrío y solo de oídas porque aún no nacían, motivo para volver a alterar el orden cuando nuestra nación está exigiendo paz y tranquilidad.

Para entonces ya sabremos “cómo masca la iguana” política. Si habrá un presidente enérgico u otra vez la repetición de uno débil que ha preferido el diálogo inteligente al uso de la fuerza que le es legal, lo que demuestra y muestra que los mexicanos sólo entendemos si la paz es porfiriana o de menos daño como la ejercida por Díaz Ordaz.

Recuerdo en estos momentos la frase legendaria de don Porfirio antes de abordar el “Ipiranga” para exiliarse a París: “Ya soltaron al tigre, a ver quién lo sujeta de la cola”. ¿Y sabe usted? Salvo la etapa de los revolucionarios de sombrero de charro o vaquero y pistolas al cinto, a partir de la muerte de Álvaro Obregón, nadie más, excepto Díaz Ordaz supo ponerle el cascabel a la cola del tigre.

No se ve en el horizonte político a nadie que responda con esas galas. Buenos para el parlamento, malos para hacerle frente a la vergonzosa realidad de una violencia que ridiculiza a nuestras fuerzas armadas cada vez que el pelafustanerío se le ocurre, porque no al pueblo limpio que quiere paz y tranquilidad para lograr encauzarse por el buen camino. Son más los buenos que los atacados por la furia de la desesperanza o de la malvivencia que también es culpa de gobiernos desajustados e inclinados a la corrupción. No se ve en los cuatro pretensos, ninguna gala de estadista ni de tamaños para ser estadistas y guías firmes de una nación que cada día se descompone más precisamente por evitar la política enérgica según los modernismos de la política a la mexicana.

Aunque les duela hace falta otro Díaz Ordaz y sus bien plantadas masculinidades. ¿Quién le agarrará la cola al tigre suelto?

Vientos


Plinio el Viejo decía que “ningún gobierno es más aborrecido que aquel que más conviene al pueblo”. Este año los mexicanos vamos a confirmar esa sentencia cuando en octubre se celebre el 50 aniversario de una catástrofe social que se inició con un simple pleito de jovencitos secundarianos y fue aprovechado por líderes pseudo izquierdistas que lograron entrampar a México.

Era presidente de México el licenciado Gustavo Díaz Ordaz, un estadista y un guía enérgico que luego perdió el pueblo disfrazándolo de monstruo cuando se vio obligado a cumplir con el mandato constitucional de poner orden usando la coacción legal.

En octubre unos cuantos sobrevivientes de esa etapa dramática y una gran mayoría de alebrestados que hoy encuentran en el festejo sombrío y solo de oídas porque aún no nacían, motivo para volver a alterar el orden cuando nuestra nación está exigiendo paz y tranquilidad.

Para entonces ya sabremos “cómo masca la iguana” política. Si habrá un presidente enérgico u otra vez la repetición de uno débil que ha preferido el diálogo inteligente al uso de la fuerza que le es legal, lo que demuestra y muestra que los mexicanos sólo entendemos si la paz es porfiriana o de menos daño como la ejercida por Díaz Ordaz.

Recuerdo en estos momentos la frase legendaria de don Porfirio antes de abordar el “Ipiranga” para exiliarse a París: “Ya soltaron al tigre, a ver quién lo sujeta de la cola”. ¿Y sabe usted? Salvo la etapa de los revolucionarios de sombrero de charro o vaquero y pistolas al cinto, a partir de la muerte de Álvaro Obregón, nadie más, excepto Díaz Ordaz supo ponerle el cascabel a la cola del tigre.

No se ve en el horizonte político a nadie que responda con esas galas. Buenos para el parlamento, malos para hacerle frente a la vergonzosa realidad de una violencia que ridiculiza a nuestras fuerzas armadas cada vez que el pelafustanerío se le ocurre, porque no al pueblo limpio que quiere paz y tranquilidad para lograr encauzarse por el buen camino. Son más los buenos que los atacados por la furia de la desesperanza o de la malvivencia que también es culpa de gobiernos desajustados e inclinados a la corrupción. No se ve en los cuatro pretensos, ninguna gala de estadista ni de tamaños para ser estadistas y guías firmes de una nación que cada día se descompone más precisamente por evitar la política enérgica según los modernismos de la política a la mexicana.

Aunque les duela hace falta otro Díaz Ordaz y sus bien plantadas masculinidades. ¿Quién le agarrará la cola al tigre suelto?

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