/ miércoles 3 de noviembre de 2021

El modelo No Corrupción

El Muro


Un sistema requiere de un modelo de operación, pero uno sensato, si en realidad se desea lograr un objetivo.

Dicho lo anterior, un sistema anticorrupción debería contar con el modelo No Corrupción. Y el modelo No Corrupción requiere de al menos una hipótesis para guiar su trabajo previo a una potencial acción castigadora o contenedora, una como: “Los actos de corrupción en cualquiera de sus modalidades, dentro del sistema político-administrativo bajacaliforniano, resultan favorecidos debido a la capacidad limitada de las personas para procesar múltiple y compleja información, sumado al deseo ciudadano por obtener respuestas inmediatas que, al mismo tiempo, sean satisfactorias”.

La ciencia también tiene sus hipótesis porque trabajos sobre la corrupción existen toneladas. Para los científicos elaboradores del estudio “The brain adapts to dishonesty”, el cerebro, entre más actos deshonestos cometa la persona, se acostumbra a hacer trampas para terminar viendo como bueno aquello a todas luces dañoso. Pero aún hay más: En ausencia de una señal para contener la falta de honradez, las personas pueden caer en actos de corrupción más severos.



Por su parte, “Patterns of neural activity associated with honest and dishonest moral decisions”, cuya tarea se enfoca al lado positivo, es decir, a explicar porqué existen quienes no caen en la trampa, pone la ausencia de tentaciones como la clave primordial para la contención.

Para tener un control ciudadano eficaz, las personas deberían al menos conocer las leyes, tener acceso a los informes, analizar los estados de cuenta, hacer comparaciones, tener conocimientos básicos de finanzas, pero eso es humanamente imposible o altamente improbable de ocurrir. Justo de eso parecen aprovecharse en las esferas manejadoras de grandes presupuestos, ya sea dentro o fuera del gobierno.

Ante el descontento o la percepción de malos actos y la necesidad de la población de respuestas inmediatas, la autoridad pone en marcha mecanismos de rápida asimilación ciudadana como la creación de organismos con nombres atinadamente pomposos, como el sistema estatal anticorrupción.

Al final de todo, más allá de dudas e hipótesis, hay certezas. Tenemos corrupción, tenemos un sistema anticorrupción, por si fuera poco cada ente de gobierno cuenta con estructura vigilante, hay sindicaturas, contralorías, Secretaría de Honestidad. Elementos existen, voluntad quién sabe, pero orden ese sí no existe, por eso los pocos esfuerzos siempre terminan pareciendo simulaciones. Quizá si hubiera compromiso para el análisis de los fundamentos humanos, con muchos menos actos, pero eso sí, muy puntuales, la deshonestidad, la cual nunca será eliminada, podría ser acotada.

El Muro


Un sistema requiere de un modelo de operación, pero uno sensato, si en realidad se desea lograr un objetivo.

Dicho lo anterior, un sistema anticorrupción debería contar con el modelo No Corrupción. Y el modelo No Corrupción requiere de al menos una hipótesis para guiar su trabajo previo a una potencial acción castigadora o contenedora, una como: “Los actos de corrupción en cualquiera de sus modalidades, dentro del sistema político-administrativo bajacaliforniano, resultan favorecidos debido a la capacidad limitada de las personas para procesar múltiple y compleja información, sumado al deseo ciudadano por obtener respuestas inmediatas que, al mismo tiempo, sean satisfactorias”.

La ciencia también tiene sus hipótesis porque trabajos sobre la corrupción existen toneladas. Para los científicos elaboradores del estudio “The brain adapts to dishonesty”, el cerebro, entre más actos deshonestos cometa la persona, se acostumbra a hacer trampas para terminar viendo como bueno aquello a todas luces dañoso. Pero aún hay más: En ausencia de una señal para contener la falta de honradez, las personas pueden caer en actos de corrupción más severos.



Por su parte, “Patterns of neural activity associated with honest and dishonest moral decisions”, cuya tarea se enfoca al lado positivo, es decir, a explicar porqué existen quienes no caen en la trampa, pone la ausencia de tentaciones como la clave primordial para la contención.

Para tener un control ciudadano eficaz, las personas deberían al menos conocer las leyes, tener acceso a los informes, analizar los estados de cuenta, hacer comparaciones, tener conocimientos básicos de finanzas, pero eso es humanamente imposible o altamente improbable de ocurrir. Justo de eso parecen aprovecharse en las esferas manejadoras de grandes presupuestos, ya sea dentro o fuera del gobierno.

Ante el descontento o la percepción de malos actos y la necesidad de la población de respuestas inmediatas, la autoridad pone en marcha mecanismos de rápida asimilación ciudadana como la creación de organismos con nombres atinadamente pomposos, como el sistema estatal anticorrupción.

Al final de todo, más allá de dudas e hipótesis, hay certezas. Tenemos corrupción, tenemos un sistema anticorrupción, por si fuera poco cada ente de gobierno cuenta con estructura vigilante, hay sindicaturas, contralorías, Secretaría de Honestidad. Elementos existen, voluntad quién sabe, pero orden ese sí no existe, por eso los pocos esfuerzos siempre terminan pareciendo simulaciones. Quizá si hubiera compromiso para el análisis de los fundamentos humanos, con muchos menos actos, pero eso sí, muy puntuales, la deshonestidad, la cual nunca será eliminada, podría ser acotada.

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